Nos acercamos a la festividad de Pesaj. La fiesta “preferida”
de los chicos, de las familias y de los jóvenes.
La festividad en la que los “zeides” (abuelos)
se reúnen con todos sus nietos, hijos y bisnietos,
observando por fin, a la familia unida (en el mejor de los
casos…)
¿Por
qué esta festividad lleva de nombre “Pesaj”?
La palabra “Pesaj” proviene del vocablo “pasaj”,
que significa “saltear” (Éxodo 12:23).
En la última de las diez plagas, Di-s ordenó
a los judíos pintar sus dinteles de sus jambas con
la sangre del sacrificio pascual para que sus casas no sean
azotadas con aquella catástrofe (muerte de los primogénitos).
Para diferenciar las posadas de los judíos con la
de los egipcios.
La pregunta salta a la vista: ¿acaso Di-s necesita
que le marquen quién es judío y quién
no? Si los judíos no colocarían aquella señal,
¿Él no se hubiese enterado quién es
quién? ¡Si Hashem es Todopoderoso y todo lo
sabe!, ¡Él nos creó!
En realidad, sin dudas, Di-s sabía diferenciar entre
las casas de los egipcios y los judíos. No necesitaba
nuestro accionar. Pero con su orden nos quiso dar una lección
eterna. Una lección tan arcaica como actual. Una
manera de observar los desafíos desde otra perspectiva,
desde otro ángulo.
Cotidianamente también hacemos sacrificios. Ser judío
no es fácil y mucho menos en el siglo XXI. Aquella
persona que piensa que su vida será más tranquila
y simple estando en el judaísmo (¿quizá
por los días no laborales?), se equivoca. Y mucho…
ser judío es sinónimo de sacrificarse, de
anhelar siempre subir un escalón más, de estar
más cerca de lo divino, que, dicho sea de paso, es
nuestra esencia, nuestra raíz.
Hashem nos enseñó con este precepto que si
colocamos en nuestras puertas, en nuestros hogares, la sangre,
es decir, “los sacrificios” cotidianos, ingerir
alimentos Kasher, cuidar la pureza familiar, el Shabat,
colocarse los Tefilín y demás, seguro que
todos los males, todas las “plagas” que Di-s
coloque sobre la sociedad, no caerán sobre nosotros,
ya que estos mismos esfuerzos nos protegerán. Di-s
no siempre espera resultados. El esfuerzo, la entrega y
el sacrificio también se tienen en cuenta. Éxito
no es sinónimo de alcanzar el objetivo sino de observar
cómo uno se esforzó para lograrlo, aun sin
haberlo obtenido.
Este mensaje puede apoyarse en un famoso versículo:
“Si escuchas atentamente la voz de Hashem, tu Di-s,
y haces lo recto delante de sus ojos, das oído a
sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, ninguna
enfermedad de las que envié sobre los egipcios traeré
sobre ti, porque yo soy Di-s, tu doctor" (Éxodo
15:26).
Este es uno de los mensajes de “Pesaj”: el “salto”
que cada uno y uno debe hacer en su vida personal para que
Di-s también se comporte con nosotros de igual manera
(“midá kenegued midá”) y aparte
de nosotros las aflicciones y sufrimientos.
"Guardarás
el mes de Aviv -primavera- (se refiere al mes de Nisan),
y harás pascua a Di-s, tu Di-s; porque en el mes
de Aviv te sacó tu Di-s de Egipto, de noche"
(Deuteronomio 16:1).
El Rambán (Najmánides) aprende de este versículo
que existe una obligación en Pesaj de recordar que
salimos de Egipto en el mes de la primavera.
¿Qué
tiene de especial recordar algo tan insignificante como
la estación en la que ocurrieron los grandes milagros?
¿Con qué criterio se nos exige este precepto?
La Torá quiere que a través de esta Mitzvá
nosotros ganemos autoestima y confianza para cambiar nuestros
actos y conductas. Sabido es por todos nosotros, que en
la primavera todo se renueva. Las flores, los árboles,
todos toman su color especial y característico.
Por eso el Rambán determina que hay una obligación
de recordar en Pesaj que salimos de Egipto en el mes de
la primavera, para conscientizarnos que ahora es el momento
propicio para cambiar. En donde todo se renueva. También
los humanos.
Por último, me gustaría hacer algunas apreciaciones
acerca de la Hagadá de Pesaj (relato que se lee durante
la ceremonia de Pesaj).
Primeramente se torna demasiado insólito cómo
se contradicen los mensajes que trasmitimos a nuestros hijos…
¡y a nosotros mismos!
Por un lado, comemos reclinados en señal de libertad,
en cómodos sillones y almohadas… por el otro,
ingerimos la Matzá y el Maror (hierbas amargas) ¡en
recuerdo a nuestros antepasados durante la esclavitud! ¿Entonces
cómo debe ser el sentimiento de aquella noche?, ¿de
esclavitud o de libertad?, ¿de tristeza o de felicidad?,
¿de aflicción o de consuelo?, ¿festejamos
o lloramos?
Lamentablemente los humanos no siempre podemos estar alegres
si no observamos qué significa no estarlo. “¿Cómo
tiras la comida, Ioni? ¿No sabes que hay niños
que no tienen lo qué comer?”, le dice Javier
a su hijo.
En una oportunidad, unos alumnos de una Ieshivá concurrieron
a la casa del Rab de la ciudad con una pregunta en sus bocas:
“¿qué bendición se dice por la
papa?”. El Rabino, muy sorprendido, les contesta:
“no entiendo su pregunta… ¿por la papa?
“Boré Perí Hadamá”, si
sale de la tierra… ¿tal difícil es de
contestar?”. Los alumnos le contestaron: “¿sabe
qué pasa, querido Rabino? ¡La papa ya nos sale
por las narices, creemos que no sale más de la tierra!”.
Por algo los sabios nos enseñan que: “es más
difícil la prueba del rico, que la del pobre”.
Es difícil confiar en un Todopoderoso cuando uno
“todo” lo tiene. No es sencillo pensar que los
negocios son manejados por Di-s y no por como uno se esforzó
en negociar con aquel importador. Para nada…
Cuántas veces tenemos que escuchar de personas enfermas,
para valorar nuestra salud. Cuántas veces debemos
llegar a escuchar las separaciones de matrimonios, para
valorar nuestras familias. Cuántas veces llegamos
a sufrir por la falta de compañía para valorar
a las amistades
Aunque hayan pasado varios años de aquel sufrimiento,
no debemos olvidar que Egipto no fue menos que la Alemania
nazi de los años 40`. Quizá tendamos a minimizarlo
por el hecho que la esclavitud en Egipto ocurrió
hace muchos años más que el Holocausto, y
ni siquiera tenemos abuelos testigos de aquellas desgracias.
Pero no nos equivoquemos. En Egipto también fallecían
personas, también existieron muchos sufrimientos,
no menos que en la Shoá. Imaginemos todo un pueblo
esclavo, en su totalidad, sufrido, maltratado.
El motivo que ingerimos la Matzá en Pesaj no es solamente
“en recuerdo a los panes chatos que comieron nuestros
antepasados al salir de Egipto, ya que no tuvieron tiempo
que la harina leude”. El Faraón (al igual que
Hitler, que su nombre y memoria sea borrado) calculaba la
comida mínima y suficiente para que los esclavos
puedan rendir al máximo pero gastando muy poco. ¿Qué
les daba de comer? Matzá. Aquel pan ácimo
otorgaba las energías y vitaminas necesarias para
la labor y, muy por sobre todo, era un alimento barato,
que prácticamente no costaba nada. “El pan
de los pobres que comían nuestros antepasados en
Egipto”.
En el relato de la Hagadá, tenemos también
a los famosos cuatro hijos. ¿Cuáles son? “Uno
es el sabio, otro el malvado, otro el simple y el último,
el que no sabe preguntar” (a su padre, acerca de la
salida de Egipto y todos los milagros ocurridos allí).
Aparentemente el orden de los hijos no está en el
orden correcto. ¿Cómo colocar al hijo “sabio”
junto al “malvado”? Aparentemente, ¡el
“malvado” debería aparecer en el último
lugar! ¡En orden descendente!
Más aun, según el cabalista Ariza”l,
las cuatro copas de vino que bebemos en la noche de Pesaj
son como los cuatro hijos que aparecen en la Hagadá.
Y, para nuestra sorpresa, ¡sobre la segunda copa decimos
lo más importante del relato! Quiere decir, que lo
más importante del relato recaería al segundo
hijo mencionado, es decir, al malvado. ¿Cómo
puede ser?
El Jaisdut explica (“Likuté Debarim”,
página 844) que todo judío, en el nivel que
esté, sigue poseyendo aquella chispa divina insuflada
en su alma. Por ello la Hagadá, cuando menciona a
los hijos dice: “Ejad Jajam, VeEjad Rashá,
VeEjad Tam, VeEjad she lo iodea lishol”, es decir
(literalmente), “UNO sabio, UNO malvado, UNO simple
y UNO que no sabe preguntar”. ¿Para qué
se repite el término “UNO”?
Para enseñarnos que tanto sea sabio o malvado, el
Uno, es decir, la chispa divina impregnada en su alma con
el Uno (Di-s), sigue estando. Esté en la categoría
que esté.
Como muchos judíos que lamentablemente dicen que
se convirtieron a otra religión… ¡eso
nunca es posible! ¡Siempre la chispa divina queda
en lo profundo del alma! Veamos la siguiente historia:
El holocausto del que fueron víctimas los judíos
de Europa, provocó que muchos niños judíos
fueran adoptados por conventos católicos. No se trataba
de una acción misionera, sino que los pobres padres
que querían salvar las vidas de sus hijos, elegían
a veces este camino.
Dejaban entonces bebés y niños en los orfanatos
de la Iglesia. Allí estos recibían alimento
y protección. Miles de niños se salvaron así
de las cámaras de gas.
Concluyó la guerra. Se detuvo la máquina de
exterminio nazi. Muchas asociaciones y centros de refugiados,
se ocuparon de volver a reunir familias y registrar datos.
Mas los desaparecidos, superaban en número, miles
de veces a los que eran hallados.
Lentamente, comenzaron a llegar noticias sobre los niños
que fueron depositados en las iglesias. Se descubrió
que gran parte de los chicos que se encontraban allí,
no eran reclamados. Fue enviada una comisión integrada
por los rabinos Silver y Gurfinkel desde USA y Gran Bretaña
para tratar de devolver a estos niños al seno de
su Pueblo.
Los rabinos se dirigieron al primer convento y pidieron
hablar con la máxima autoridad. «Por supuesto
que no nos oponemos que los niños vuelvan a sus hogares,
a ver a sus familiares».
Pero... ¿cómo sabrán distinguir cual
niño o niña es judío?. Nosotros no
acostumbramos a señalar el origen o religión
de los chicos.
«Pues
la lista de nombres nos ayudará», contestaron.
« La revisaremos y aquellos que suenen como judíos,
nos demostrará su origen».
«No,
no, no; ¡no acostumbramos a hacer las cosas así!»,
dijo el cura enfurecido. « Tenemos que ser detallistas
al máximo. No es posible dejar ni una posibilidad
de error. Exijo seguridad y pruebas fehacientes en un cien
por cien, no menos. Tomen el ejemplo del apellido Miller.
Ustedes dirán que se trata de alguno de origen judío.
Sin embargo hay cientos y cientos de personas que se llaman
así y no son judías. El mismo caso es con
los Raijman o Daitch.
Son apellidos populares de alemanes y polacos. No es posible
liberar niños, por el mero sonido de un nombre.”
Los Rabinos intentaron convencerlo con buenos argumentos,
pero él seguía con la suya. «Solo permitiré
que se retiren niños con la total seguridad de que
son judíos». ¿Qué hacer?
La mayoría de los niños fueron separados de
sus familias cuando eran muy pequeños y no podían
recordar por sí solo sus orígenes.
¿Documentos?
Imposible encontrarlos después de semejante destrucción.
Los Rabinos hicieron un nuevo intento para convencer al
sacerdote y éste perdió la paciencia. «Lo
siento mucho. Ya les di demasiado de mi tiempo. Decidan
ya qué hacer. Les otorgo sólo tres minutos».
Parecía que todos los esfuerzos iban a caer en saco
roto. El corazón de los Rabinos se partía
del dolor. De acuerdo a la información que tenían,
decenas de niños judíos se hallaban en este
convento, y solo contaban con tres minutos...
Los labios murmuraron una pequeña plegaria al Amo
del mundo, para que los ilumine con una idea que permita
discernir entre cientos de niños y niñas,
que eran Iehudim y sólo en tres minutos, que es lo
que tenían permitido.
Sus rezos fueron escuchados. A la mente de uno de los Sabios
llegó una increíble idea.
«¿Podemos
utilizar los tres minutos cuando queramos?»
«Si»
fue la respuesta. «Entonces, vendremos cuando lo niños
se acuesten a dormir». «A las siete en punto»,
fue la respuesta del cura, que no ocultaba su desdén
por la testarudez y perseverancia de los Rabinos y esperaba
ansiosamente la llegada de la hora señalada, para
saber realmente qué es lo que tramaban.
¿Para
qué irse y volver? Cuando el reloj dejó oír
las siete campanadas, todos los pupilos se encontraban,
después de un pesado día, acostados en sus
camas, ordenadas una al lado de la otra en el gran salón.
Los Rabanim caminaron hacia el centro de la habitación.
Uno de ellos se paró sobre un pequeño banquillo
y esperó. Un silencio total reinó allí.
De todas partes, pequeños ojitos se dirigían
a él. Y así con voz calma, el Rabino pronunció
seis palabras que penetraron en la sala de punta a punta:
«Shemá
Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad» (Oye Israel, Hashem
es nuestro Di-s, Hashem es uno). En un instante se oyeron
murmullos de todos los extremos del salón. Vocecitas
con llantos y palabras entrecortadas:
«Máme»,
«Mámele», «Mamá».
Cada niño en su lengua, buscaba a su madre. A ella,
que unos años antes, en el momento de acunarlo y
taparlo cada noche antes de dormir, y antes de darle el
beso de «buenas noches», le susurraban al oído
estas palabras, que son la base de la Fe judía. Palabras
que todo niño judío sabe: «Shemá
Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad».
El sacerdote bajó la vista. Los Rabinos lo lograron.
Pudieron liberar a los niños perdidos. Los pocos
segundos que cada madre dedicó noche a noche al acostar
a sus niños, fueron los que mantuvieron unidos a
su pueblo.
Retomando nuestro tema, la única manera que el malvado
puede acercarse a nosotros es estando cerca del sabio. Justamente
por ello el orden no es equivocado. Es el único posible
y correcto. Solamente el hijo sabio, que tiene capacidades
especiales y está bien encaminado, es el único
que puede influenciar para que su compañero, que
quizá no esté en su mismo camino, pueda acercarse
más hacia Di-s.
No es posible que el sabio se de el “lujo” de
excluirse y pensar solamente en él. Tiene la obligación
de preocuparse por su semejante, atrayéndolo hacia
las raíces esenciales de su existencia.
También es un mensaje de estima hacia el perverso
para que no se caiga, remarcándole que no debe caer
en la decadencia y en la depresión, siempre hay tiempo
para el cambio, para resurgir, para salir a la superficie,
para cambiar… la ayuda y el “salvavidas”
que el Todopoderoso le otorgó es estar pegado al
sabio, el que podrá ayudarlo (y deberá hacerlo)
en su máxima expresión.
Preocupémonos por el bienestar del otro, por la conexión
divina que posee con Di-s, una preocupación más
espiritual que material. Una preocupación que nos
llene como personas, como seres humanos, como convivientes
de un mismo mundo, de una misma sociedad. De una responsabilidad
social mutua y necesaria para que todos podamos vivir más
plenamente y mejor. ¡Pesaj Kasher Be Sameaj!
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.