Inevitable
en reuniones entre amigos, cenas familiares y más
aun presente, en salidas femeninas, la temática “amor”
resulta ser la primera por excelencia en la lista de conversaciones.
Qué con cuántos saliste, que si fue a primera
vista, que el flechazo los unió mágicamente…
El amor nos atraviesa en nuestra existencia toda. Ni bien
nacemos ya tenemos a un otro que -biológicamente-
nos amará. Esa madre será la encargada que
nada nos falte. De satisfacer todas nuestras necesidades,
en pos de facilitar un crecimiento de lo más óptimo
y sano posible. Ella sabrá exactamente cómo
se siente el niño. Nadie más. Los médicos
y enfermeras tal vez tengan muchos conocimientos en psicología,
pero desconocen cómo se siente un bebé a cada
minuto porque están fuera de esta área de
experiencia.
Aquí se da la capacidad empática de la madre.
Este vínculo primario será por demás
importante ya que marcará el nivel de empatía
de aquel que la ha recibido. La progenitora se convierte
así, en un elemento crucial en el desarrollo emocional
del niño. Cumplirá, entre otras funciones,
el papel de “espejo”. Cuando el niño
mire el rostro de su madre se verá reflejado a sí
mismo. Ella lo mira y lo que ella parece se relaciona con
lo que ve en él. Le devuelve una imagen de sí
mismo. Una madre que refleja un estado de ánimo decadente,
podría ser letal para la criatura. No recibe de vuelta
lo que da. Mira y no se ve a sí mismo, no se encuentra.
Lo que podría ser un intercambio significativo, un
verdadero e interesante feedback, se transforma en una pobre
y prematura relación. “Cuando miro se me ve,
por lo tanto existo; de la contrario, no tengo existencia”.
La psiquis de la criatura va desarrollándose con
tendencia a empatizar más –en mayor o menor
medida- con el dolor y las necesidades ajenas en función
de aquella empatía primaria recibida (si queremos
analizar a un psicópata –aquel que no logra
empatizar ni tener siquiera una pizca de remordimiento en
consecuencia a sus salvajes acciones- deberíamos
averiguar, entre otras tantas cosas, qué tipo de
lazo y vínculo estableció con sus progenitores).
Ese amor, ese vínculo, sostén, resulta tan
fundamental para la criatura que, sin aquel “holding”
(en términos de Winnicott), su vida tan prematura
podría encontrar su punto final. Literalmente podría
llegar a “morir de amor”.
Pero, ¿qué sucede cuando este ingrediente
tan fundamental para la existencia humana, no encuentra
lugar en el plano real?, ¿cuando esta necesidad no
está satisfecha ni en una mínima medida?,
¿qué consecuencias puede traer aparejadas
a nuestra sociedad?
En un mundo en donde prevalecen los vínculos por
conveniencias, en donde amor es sinónimo de beneplácito
personal, hedonismo absoluto, en donde el amor condicionado
y no incondicional es el que prevalece, no debería
extrañarnos encontrar cada vez más, personas
desajustadas psicológicamente.
Esa búsqueda desenfrenada por clones de aquella madre
biológica, esa que nos cuidaba y amaba profunda e
incondicionalmente, pareciera desvanecerse a cada instante
de la existencia.
El amor condicional es introyectado en nosotros desde pequeños.
Amenazas de abandono, de “no te compro tal o cual
cosa si…”, entre otras. No hace falta expresarlo
para transmitirlo. Las actitudes y el lenguaje no verbal
resultan ser demasiados explícitos para caer en burdas
repeticiones.
Para comprender mejor y de manera más gráfica
la idea, resulta ser para mí muy interesante la siguiente
obra del dibujante Quino:
En
la imagen vemos un padre recriminando a un hijo. Su manera
de vivir era con “cuadrados”, no se admiten
otros tipos de figuras. El niño, desde su pobre inocencia,
dibujó un espiral. De inmediato fue a corroborar
si recibía la aprobación de su padre…
pero éste no la aceptó. Y no solamente no
la aceptó, sino que lo censuró… y todo,
por pensar de manera distinta. Como diciendo: “sólo
te quiero si dibujas cuadrados; con espirales no te quiero”.
Constantemente buscamos gustar a los otros, el consentimiento
exterior, tal como lo hacíamos desde pequeños
con nuestros padres. Buscar la aprobación de otro
que reconfirme mi existencia como sujeto.
Al no encontrar apoyo suficiente, algún tipo de aceptación
incondicional de sus ideales, el individuo va enajenándose
(en términos de Erich Fromm), permaneciendo fuera
de la sociedad, marginado. Haciendo hincapié más
en el afuera que en el adentro. Consumidor pasivo y eterno
del exterior (“eterno lactante”). Perdiendo
el eje de su persona. Fuera de sí.
Abraham Maslow escribe en el capítulo 5 de su libro
“Motivación y personalidad”: “En
nuestra sociedad, la frustración de estas necesidades
(de amor, afecto o posesión), es la causa más
corriente de los casos de mal ajuste y psicopatologías
más graves.”
Sin dudas estamos sedientos de afecto, de cariño,
de vínculos humanos, de calor humano, sedientos de
significado de existencia. La falta de aquello no es meramente
un capricho personal, sino que el mismísimo Di-s
nos creó de manera que necesitemos de aquel, en función
de nuestro óptimo desarrollo. No podemos pelear reprimir
aquella necesidad, es biológica.
El médico psiquiatra, psicodramatista y psicoterapeuta
Claudio Adrián Rud nos amplía un poco más
la idea de Maslow: "Todo aquel que consulta ha sido
o es víctima de alguna forma de desamor. Ya sea de
la forma más brutal, como el desinterés, la
violencia; o bien bajo una apariencia más leve como
la manipulación, el amor condicionado, el abuso del
poder de quienes están ejerciéndolo por la
investidura que los sustenta" (Psicoterapias en Argentina,
página 231).
Tampoco los avances tecnológicos son absolutamente
desarrollados por “amor a la propia humanidad”.
Intereses económicos y políticos se esconden
detrás de ellos. Las medicinas, los laboratorios,
más allá de optimizar la vida humana, anhelan
en gran medida su propio beneficio y rédito financiero
(resulta curioso descubrir que los más importantes
avances científicos y tecnológicos, la mayoría
de las veces se manifestaron en momentos y con propósitos
bélicos).
Todo ser vivo es consciente cuando se lo registra, cuando
se lo valora, cuando se lo tiene en cuenta, cuando se le
otorga un lugar entre todos, cuando se lo distingue.
No hace falta ser un gran pensador o filósofo para
darse cuenta que estamos en momentos de “oídos
sordos”… “Sordos” porque no escuchan…
o porque no quieren escuchar… “Sordos”
porque con tantas tareas y ocupaciones diarias, con la agenda
sobrecargada de actividades, ya no disponemos de tiempo
para prestar un oído a un compañero caído.
Con los valores tan desgastados no se necesitan ni “magos”
ni “varitas mágicas” para ser partícipes
de actitudes terapéuticas. Tampoco ser psiquiatra,
psicólogo, trabajador social o counselor (sin desmerecer
sus excelsas profesiones). No pasa –tan sólo-
por la posesión de un título. Tiene que ver
con una cuestión de ser, por una cuestión
de actitud. Por un sentimiento de aprecio hacia la humanidad
toda. Muchas veces, palabras sinceras provenientes de un
amigo pueden hacer más que cientos de sesiones psicoanalíticas.
Diariamente, a cada paso de nuestras vidas y hasta en nuestra
propia profesión –sea cual sea-, podremos efectivizar
este bien que tanto hace falta.
Veamos de dónde y cómo podemos ayudar:
* En el Pirké Avot (1:15) Shamai nos enseña:
“Recibe a toda persona con buena semblante (en el
rostro)”.
En el idioma hebreo, el término “rostro”
se pronuncia: “panim”.
Si analizamos el sentido etimológico de la palabra,
nos encontraremos con que esta misma proviene del vocablo
“bifnim” que significa: “por dentro”.
El individuo refleja mediante sus rasgos (“panim”,
rostro) lo que realmente siente por sus adentros (“bifnim”,
por dentro). Al acompañar el saludo con una “buena
semblante” no solamente estamos pronunciando unas
“simples palabras”… ¡Estamos comunicando
un estado de ánimo, un deseo de transmitir felicidad
y calor hacia nuestro semejante por el sólo hecho
de tener la calidad de sujeto, al igual que nosotros!
Por otra parte, encontramos un pasaje del Talmud que nos
enseña: “Es mejor la persona que le muestra
la blancura de sus dientes a su compañero, más
que el que le ofrece para tomar leche” (Ketuvot 111
b).
El saludo se vuelve mucho más que un bien material.
Se torna una necesidad espiritual, una estima determinante.
No alcanza con un seco y parco “buenos días”,
necesitamos transmitir más que aquello; llegar a
lo profundo de sus sentimientos, a lo profundo de su corazón.
* “Diezmar diezmarás todo el producto del grano
que rindiere tu campo cada año” (Deuteronomio
14:22).
La Torá nos obliga a diezmar toda ganancia que accede
a nuestros depósitos.
Tal vez nos quiera enseñar que no podemos darnos
el lujo de tener provecho de este mundo sabiendo que otro
sufre o no dispone de los medios suficientes. Que si tenemos
la posibilidad de gozar, que lo hagamos, sin dudas, pero
no sin antes acordarnos que hay otros individuos que por
su situación no pueden hacerlo como nosotros, solidarizándonos
con aquellos en una mínima medida (¡y también
para agradecer que nosotros sí podemos!)
Pero el precepto no solamente se refiere a diezmar la cosecha.
Tampoco a todo lo material y económico.
Cualquier bien, sea monetario y/o espiritual se debe diezmar.
Eso significa que si Di-s nos otorgó alegría,
debemos compartirla con los demás. Si poseemos seguridad
emocional, debemos ayudar a otros a que la adquieran. Si
nuestra vida psíquica está ajustada, trataremos
de socorrer a personas que no lo están. Esto no se
trata de un simple “buen obrar”, ¡tenemos
un precepto que nos obliga a realizarlo! ¡Al igual
que respetar el Shabat o colocarnos los Tefilín!
Cuando la Torá enumera las aves que no están
permitidas ingerir, nos dice en uno de sus pasajes: “(Y
estas son de las que no podréis comer:) la cigüeña,
la garza según su especie, la abubilla y el murciélago
(Deuteronomio 14:18).
Al referirse a la cigüeña, la Torá la
denomina “Jasidá”. El Talmud explica
que la raíz de su nombre proviene del vocablo “Jesed”,
es decir, “bondad”. Si esto es así, ¿por
qué ella está entre los pájaros impuros,
que normalmente son aves de rapiña? El libro “Meotrezenu
Ha Iashan” nos explica: porque la cigüeña
es amable sólo con sus pares. Sólo se preocupa
por aquellos de su propia bandada o grupo.
Hay mucho para hacer y con pequeños actos mucho podemos
lograr. Un saludo, un “¿cómo estás?”,
una mínima preocupación por el otro, cambian
vidas enteras. Otorgan valor a las personas, las hacen sentir
que son importantes, que valen, que merecen respeto. Que
son realmente personas…
Observemos como de las pequeñas cosas podremos obtener
beneficios asombrosos. Tal es el caso de los medicamentos:
pueden tener un tamaño muy diminuto, pero consiguen
sanar hasta enfermedades terminales (“Alé Shur”,
tomo 2).
Todos somos esencia de una misma parte que es Di-s. La chispa
divina interior nos complementa como seres humanos. Por
ello la palabra “ahavá” (amor) y “ejad”
(unidad) poseen igual valor numérico (13): para enseñarnos
que la única manera de llegar a la unidad, a la integridad,
es através del amor.
Intentemos humanizarnos y estar más atentos a las
necesidades de los demás; más cordiales, más
atentos con nuestro semejante. No seremos ni psiquiatras
ni psicólogos, pero fabricaremos una gran medicina
para el alma: el amor.
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.