Nos
encontramos muy próximos a la celebración
de “Januká”, también conocida
como “La fiesta de las luminarias”. ¿Y
“luminarias” por qué?
El Talmud en el tratado de Shabat (21 b) nos enseña:
“En el 25 de Kislev, los ocho días de Januká
no son días de duelo y de ayuno. Porque cuando entraron
los griegos al Santuario, impurificaron todos los aceites
que estaban allí. Y cuando se levantó el reino
de los Hasmoneos y fueron victoriosos, buscaron y encontraron
tan solo una vasija de aceite en la que estaba el sello
del sumo sacerdote, y era suficiente solamente para un día
(para encender las velas de la Menorá - candelabro
de siete brazos), se hizo un milagro y estuvieron prendidas
ocho días. Al año siguiente se decretó
estos días de alabanza y agradecimiento”.
Aprendemos de aquí que en las luminarias fue en donde
hicieron hincapié nuestros sabios, más que
en otro suceso. Porque, a decir verdad, podrían haber
puntualizado más en la victoria bélica en
sí, que de hecho fue más milagrosa ya que
hubo que vencer a un imperio griego preponderante, siendo
los soldados judíos inexperimentados y quizá
sin llegar a poseer el título de “soldados”.
Pero no…
¿A qué se debe esta puntualización?
¿Por qué tanto énfasis en un suceso
como este? Aparentemente, ¡estaban exentos de cumplir
el precepto del encendido ya que no tenían los medios
para conseguirlo de manera pura!, ¡fue un percance!
(el proceso para conseguir aceite de oliva puro duraba ocho
días).
El procedimiento del encendido es prender una vela por cada
día a lo largo de los ocho días de la festividad
(la ley queda establecida como Bet Hilel). De manera ascendente,
el segundo día encendemos por el segundo y también
por el primero, el día anterior. Y así sucesivamente.
Iluminamos primeramente la del día en que estamos
y luego recordamos los anteriores.
Cabe recalcar que nuestros sabios aconsejan utilizar aceite
de oliva puro, tal como se utilizaba en el Santuario y tal
como fue encontrada por los Hasmoneos en aquel entonces.
Es para asombrarse por qué habiendo poseído
tan poco aceite no lo diluían con agua u otro líquido
y así les duraría seguramente los ocho días
que necesitaban para realizar un nuevo aceite. ¿Por
qué decidieron lanzarse y arriesgarse a prender solamente
un solo día? ¡Nuestros sabios nos enseñan
que la persona no debe esperar que ocurran milagros divinos!
Los judíos de aquel entonces prefirieron conservar
la pulcritud, la pureza del aceite, aunque sabían
que no les alcanzaría para los demás días.
Con su actitud demostraron que es preferible en menor medida
pero bien, antes que en mayor magnitud pero “a medias”.
Tal como reza el refrán popular: “más
vale pájaro en mano que cien volando”. Y no
por ser menos cuantitativamente es sinónimo de menores
méritos. Antes que nada, la calidad, la buena actitud.
Hashem valora el esfuerzo. No todo se mide en cuestión
de cantidad.
También podemos aprender de ellos que hicieron lo
que estaba en sus manos realizar. Luego Di-s diría
que ocurrirá. Entregaron sus almas y no se preocuparon
por el mañana. Confiaron en el Todopoderoso que haciendo
las cosas como corresponde, obtendrían ayuda celestial.
Pero no dejaron todo “a la buena de Di-s”, sino
que hicieron su esfuerzo: encendieron el primer día,
lo que se encontraba a su alcance.
No mezclaron el aceite con agua para demostrarnos que nuestras
intenciones siempre deben ser puras, sin dobles interpretaciones.
En muchas oportunidades queremos demostrar que hicimos tal
obra de bien, que ayudamos a aquel pobre que nos llamó,
que visitamos a un enfermo abandonado, que donamos un aula
a una institución educativa. Si bien son actos loables
y dignos de imitar, si pensamos realizarlos para que todos
nos aplaudan y coloquen una placa con nuestro nombre, estamos
diluyendo nuestro “aceite” con agua. La pulcritud
de aquel acto ya no es totalmente pura. Tiene dobles intenciones.
Busca el honor, la fama, el reconocimiento. ¿Por
qué todos deben enterarse de nuestros actos buenos?,
¿por qué han de saber el monto de la donación
que efectuamos?
Un carnicero le había regalado a un humilde hombre
un buen corte de carne. “¿Y?, ¿cómo
estuvo la carne?, ¿sabrosa?”, le preguntó
el carnicero bondadoso. “Oh, sí, estuvo muy
rica! ¡Le agradezco!”, contestó el hombre.
Esta escena se repetía casi diariamente. El pobre
llegó a recapacitar que hubiese sido mejor no haber
recibido el obsequio, antes que tener que recordar a diario
que había tomado un favor.
Y también en acciones pequeñas, muchas veces
nos quedamos frustrados porque no recibimos un “gracias”
de la contraparte. Claro que como personas educadas debemos
ser agradecidos y reconocer los favores que nos hacen, pero
cuando nosotros somos los benefactores no esperemos el agradecimiento.
Realicemos actos positivos no para recibir el “gracias”
o los halagos posteriores, sino porque deseamos favorecer
a otra persona, a otro ser humano. Simplemente por eso.
Sin dobles intenciones.
Cuando Reubén trajo del campo jazmines para su madre
Lea, Rajel le pidió:”'¡Dame por favor
de los jazmines de tu hijo”'. La respuesta de Lea
fue: “¿Es poco quitarme a mi marido que también
quieres tener los jazmines de mi hijo?”.
Pero si recordamos bien la historia, fue justamente gracias
a Rajel que Leá pudo casarse con Iaakov.
Iaakov trabajó siete años para que su futuro
suegro Labán le conceda a Rajel como esposa. Pero
fue engañado. Como Iaakov sabía que su suegro
no era una persona del todo correcta y le cambiaría
a Rajel por Leá, acordó con la primera unas
señales. En la boda el le preguntaría aquellas,
si le respondía, quería decir que era ella.
Pero… ¿cómo llegó Labán
finalmente a engañarlo?, ¿acaso no utilizaron
aquella técnica?, ¿no tuvo su efecto?
Como Rajel (hermana de Leá) observó que su
hermana sería avergonzada en público al no
saber contestar las preguntas de Iaakov, le enseñó
aquellas señales a Leá. Rajel implícitamente
fue cómplice del engaño hacia su futuro y
amado marido.
Y ahora Leá le expresa: “¿Es poco quitarme
a mi marido que también quieres tener los jazmines
de mi hijo?”, ¡al contrario! ¡Leá
fue la que le `robó` el marido a Rajel! Y no sólo
eso, ¡sino que Rajel la ayudó para que no se
avergonzara y se haga realidad las nupcias!
De todas maneras, Rajel no emitió palabra. Podría
haberle dicho: “¿no te acuerdas por el mérito
de quién te casaste?, ¿quién te ayudó
a que puedas efectuar enlace?, ¡si no fuese por mí
seguirías soltera!”, pero no… se quedó
callada. ¿Por qué debería reprochar
en cara sus buenos actos?
El exágeta “Daat Sekenim” explica que
estas señales se trataban ni más ni menos
que de leyes. Rajel le enseñó a su hermana
las halajot concernientes a la separación de la Jalá,
el encendido de velas y las leyes que respectan a la pureza
familiar. Según esta idea, Rajel ni siquiera le contó
a su hermana que le estaba haciendo un bien. Simplemente
le trasmitió estas leyes como conocimientos generales.
En realidad, la verdadera intención de Rajel era
que Leá pudiera contestar a las preguntas que le
hiciera Iaakov en la boda. Pero no le contó su intención.
Hizo un acto de bien sin necesidad de forzar a terceros
para que le agradezcan por sus actos.
Festejamos una victoria bélica simplemente a través
de unas pequeñas velitas inofensivas. “¿Por
qué no utilizan pirotecnia, antorchas, bombos y platillos?
¡De esta manera expandirán más el milagro!”
(“pirsumé nisá”). Justamente,
Januká nos enseña que debemos ser humildes.
Festejar sin provocar ruido, sin llamar la atención.
Mientras que otros pueblos se regocijan, comen, se emborrachan
y hacen saber a cuatro vientos sus “objetivos alcanzados”,
el pueblo de Israel mantiene la calma y el recato. No se
descontrola. Tal como nos enseña el profeta: “Él
te ha dicho, oh hombre, lo que es bueno, y qué es
lo que el Eterno pide de ti; sólo hacer justicia,
y amar la misericordia, y andar humildemente con tu Di-s"
(Mijá 6:8).
Por eso también encendemos todos los días
una luminaria más y aun siendo un incremento de luz,
no por ello provocamos más murmullo. Debemos aumentar
en méritos (tal como las luminarias), pero siempre
sin provocar que los demás hablen y se enteren de
nuestros actos.
El Talmud nos enseña que una alcancía casi
vacía, si posee unas pocas monedas, al moverla, el
ruido que se efectuará será intenso. En cambio,
al mover un cofre totalmente lleno, no se oirá sonido
alguno. Las personas que poseen contenido espiritual suficiente,
colmados de significado, no producen murmullos, pasan desapercibidos.
En cambio, los sujetos que no llenan mucho su espíritu
completamente, al sacudirse provocan intensos ruidos y llaman
la atención.
Escuché de un Rab decir que hoy día es tanta
la búsqueda de honores, que existen personas que
realizan actos “a escondidas” y ya planean cómo
hacer para que los descubran…
Claro que es muy difícil poder diferenciar cuando
realmente actuamos sinceramente o cuando existen dobles
intenciones. El ser humano necesita motivación para
accionarse y no será muy fácil brindarse incondicionalmente.
Es más, creo que es casi imposible que aquello suceda.
Pero, al menos, intentando llegar a aquel nivel, deseando
y anhelando, ya estamos haciendo mucho… y vamos en
camino.
La Mitzvá se cumple encendiendo las velas en el momento
que salen las estrellas. ¿Pero por qué hace
falta que sea de noche?, ¿acaso el milagro ocurrió
en ese momento?
La luz en el día no es percibida. El Sol ocupa el
lugar de la luz eléctrica (casi en su totalidad)
cuando los rayos de este aun se encuentran. Pero cuando
oscurece… ¡necesitamos de la electricidad!
En tiempos de oscuridad espiritual, alumbramos las noches
con una simple y serena vela, demostrando que tan sólo
un poco de luz, por mínima que sea su cantidad, cuando
la noche es muy intensa y palpable, mucho puede iluminar.
Pequeños actos en épocas tan duras de asimilación
y desprecio hacia los preceptos, valen mucho más
que en tiempos anteriores.
Es la luz de esta vela las que nos mantuvo y nos mantiene
como pueblo a lo largo de miles de años. La luz se
compara a la Torá, tal como dice el versículo:
“Porque la vela es la Mitzvá y la Torá
es la luz” (Mishlé 6:23). Y aunque nuestros
opresores aumenten cada día, Di-s no nos deja solos.
Él se encuentra acompañándonos aun
en tiempos difíciles.
No pensemos que porque existe la ONU, los Estados Unidos
o el Estado de Israel estamos a salvo de nuestros perseguidores.
Claro que nos sirve como defensa a nivel mundial. Pero…
no depositemos nuestras esperanzas en personas. Si Di-s
no quiere proveer de la fuerza y poder suficiente para que
aquellos organismos nos defiendan, todo será en vano.
Justamente es cuando confiamos en las personas de carne
y hueso cuando Di-s nos demuestra que lo necesitamos pura
y exclusivamente a Él. Invoquemos a Hashem, miremos
al cielo, contemplemos nuestro alrededor. Confiemos solamente
en Él, que es la única solución posible
y final.
La palabra “Januká” proviene también
del vocablo “jinuj”, es decir, educación.
Debemos auto educarnos en aras de conseguir pulcritud en
nuestros actos. Para alcanzar la pureza del aceite de oliva.
Para incentivar a otros individuos encendiendo otras “llamas”,
otras almas, al servicio divino ("Candela de Di-s es
el alma del hombre", Proverbios 20:27), de manera ascendente,
cada vez más, casi una por día. Aceite de
oliva puro, sin mezclas ni conservantes. Al menos lo más
íntegro posible... ¡Pero atención! El
proceso también lleva su tiempo… no se torna
tan sencillo “elaborar” un aceite tan pulcro,
como ninguna cosa en la vida…
Cuando lo logremos o nos aproximemos hacia aquel objetivo,
seremos casi como las estrellas: de lejos parecen pequeñas,
como diminutos lunares… pero cuando nos acercamos
realmente a ellas, su grandeza y brillantez es tal, que
su tamaño logra ocupar planetas enteros.
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.