Cuando nos "toca"
recitar cualidades sobresalientes sobre algún individuo
en particular, solemos mencionar una lista "tipo"
la cual en términos generales se encuentra constituida
por las siguientes características: amable, humilde,
sincero, cariñoso, honesto, amoroso... tal vez varía
el orden, más no el contenido.
Podríamos afirmar que
medianamente la sociedad en general está convencida
que lo único que hace al ser humano un Ser digno
y un Ser en sí mismo, son las cualidades que él
pudo lograr y conseguir en el trayecto de su vida, más
allá de la prosperidad económica (¿o
acaso la mortaja tiene bolsillos?).
Al mencionar la palabra "humildad"
frecuentemente caemos en una desacertada definición.
No solamente se torna un error de concepto sino que hasta
podría llegar a trabar nuestros roles como Seres
en el mundo. A ello, la intención e importancia personal
por aclarar este punto.
Veamos
los que nos dice la "Real Academia Española"
respecto a la palabra "humildad":
1.
f. Virtud que consiste en el conocimiento de las propias
limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este
conocimiento.
Hasta aquí nada parece
estar fuera de lugar. Nuestra percepción no es mucho
menor a lo que acabamos de leer.
Aun así, si bien es
cierto que una persona humilde debe "reconocer sus
propias limitaciones y obrar de acuerdo a ese conocimiento",
no obstante, olvidan que también existen otras características
individuales de cada sujeto las cuales lo hacen único
e irremplazable en este mundo, ¿y en base a ellas
no se debe obrar para ser humilde?, ¿acaso no está
dentro de aquel "reconocer" de la definición?
Existen muchas capacidades latentes, propias de cada uno,
las cuales también debemos ser conscientes y tenerlas
presente. No solamente hace falta "reconocer las propias
limitaciones", sino, también, "reconocer
las propias virtudes" y "obrar de acuerdo a ese
conocimiento".
Está más que
claro que humildad no es sinónimo de frustración,
baja autoestima o depresión. Debemos suprimir este
perjuicio sociocultural que anda circulando en estas generaciones.
Aquel que dice: “mirá que humilde que es, que
camina siempre con la cabeza gacha, mirando hacia el piso
y encima lo agreden ¡y no defiende sus intereses!”.
Di-s no quiere ni busca Seres deprimidos e inmotivados.
En cambio, humildad sí es reconocer tanto las debilidades
como así también las capacidades y obrar de
acuerdo a ambas. Ser consciente que las virtudes que poseemos
fueron adquiridas debido a la aprobación de un Creador
que las otorgó. Que no somos más que nuestro
prójimo por poseerlas, ya que así como Di-s
las insufló, así también pudo habérnosla
quitado. Y si Lo desea en el presente, también así
podría suceder.
Esa es la verdadera humildad.
Entender y aceptar que sí tenemos nuestras capacidades
(y por ello debemos agradecerle a Di-s), pero que no sacamos
más rédito que nuestro compañero por
aquello. Poseemos los mismos derechos tan solamente por
gozar la igual calidad de sujetos, de humanos. Entonces,
así como a algunos Les otorgó más inteligencia
o capacidades, a otros, menos (o viceversa).
El Talmud nos enseña
en el tratado de Nidá (16 b): "Hay un ángel
a cargo de la concepción y su nombre es Noche. (Este
mismo) agarra la gota (de la concepción) y la coloca
delante de Di-s y le dice: "¡Amo del Universo!
¿Esta gota que será (en un futuro)?, ¿(una
persona) fuerte o débil?, ¿inteligente o necio?,
¿rico o pobre?", pero justo o malvado no le
pregunta. Tal como dijo Rabí Janiná: "todo
es del Cielo (determinado por Di-s), menos el temor al Cielo".
Otorgarle el valor verdadero
a las aptitudes que poseemos no sólo por el mero
conocimiento y el posterior agradecimiento al Todopoderoso,
sino también para poder utilizarlas en nuestra cotidianidad.
Porque justamente para ello nos fueron concedidas. Nada
fue ni es en vano.
Aquel individuo que desconoce
que una fortuna se encuentra en su cuenta corriente bancaria,
equivale a no poseerla. Obligatoriamente necesita aquella
información para poder sacarle provecho. Sino, ¿cuándo
podrá utilizar aquel botín?
De
no ser así, es decir, al no concientizarnos que poseemos
una parte virtuosa que nadie en el mundo puede reproducir
más que nosotros, la no actividad ganará la
batalla y no aceptaremos nunca nuestra unicidad como sujetos.
¿Acaso somos reproducciones inútiles de la
especie humana? ¿Un Ser Completo y Magnífico
Otorga vida a individuos para perder el tiempo, sin ninguna
meta u objetivo?
Así
como poseemos rasgos únicos en nuestros rostros pero
no por ello dejamos de pertenecer a la especie humana, así
también tenemos características y talentos
parecidos a los de nuestro semejante, más no iguales.
Por
otra parte, todos conocemos (¿también practicamos?)
el famoso precepto: "Amarás a tu prójimo
como a tí mismo" (Vaikrá 19:18).
¿Cómo
podemos amar a un prójimo, respetarlo y valorarlo,
si primeramente no nos amamos a nosotros mismos? Debemos
comenzar por “casa”, por auto valorarnos internamente.
Por conectarnos con nuestro interior para lograr apreciar
nuestras características virtuosas.
Cualquier persona podría
alegar: "he decidido no quererme a mí mismo,
por ende, no tengo por qué amar a otro; en mi caso
personal, la Torá no me obliga a nada".
Justamente de este precepto podemos deducir, ¡que
no existe aquello! No es válido que alguien alegase
aquel argumento, ya que no pasa por aceptar o descartar
la idea: ¡es un precepto amarse!, no es opcional u
optativo. Es una orden, no menos como cuando se nos prohíbe
ingerir alimentos no Kasher. Es la misma Torá la
que lo ordena.
Tal vez sea por ello que se
nos haya condicionado el amar a un tercero comparándolo
primero con nosotros mismos, para que realmente sepamos
y tengamos la obligación de cumplir con aquel precepto
previamente con nosotros mismos, empezando por casa. Y,
a través de ello, auto valorarnos para superar las
metas y desafíos que la vida nos propone a diario.
Eso sí: no debemos olvidar la última parte
de la mitzvá: ya que ahora sí nos amamos a
nosotros mismos (o al menos lo intentamos…), ¡tenemos
que amar a nuestro prójimo tal como lo hacemos con
nuestra propia persona!
¿Estamos preparados para enfrentar tan complejo desafío?
¡A la carga!
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
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