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Educándonos a Educar

Cientos de libros ya se encargaron en el pasado y se encargan más intensamente en la actualidad de este amplio y a la vez difícil proceso. Muchos pedagogos, educadores y psicólogos, aportan sus conocimientos al respecto.

De todas maneras, no es requisito indispensable ser profesional para saber conducir a niños o hasta los propios hijos de una manera acertada. El conocimiento sin la acción no tiene sentido; queda sólo en lo cognitivo, no en lo práctico. Es como aquella persona que dispone de un manual de instrucciones pero le faltan los elementos para construir.

Así que esencialmente debemos saber que más allá de los consejos y/o técnicas que nos puedan brindar los profesionales especializados, educar no pasa solamente por una cuestión de “saber”, sino más que nada por “saber hacer” y, primordialmente, “saber ser”.

Obviamente que cada chico es un mundo aparte. No podemos generalizar. Nadie nos dirá qué hacer cuando David le tira del pelo a su hermana, o cuando Leandro no quiera comer su almuerzo. Dependerá de la circunstancia, del momento, del temperamento de cada uno y la actitud de sus padres. Dar una respuesta hacia aquella pregunta se torna imposible. Y arriesgarse y hacerlo, no me consta cuánto puede servir.

Aun así, en lo que respecta a lo educacional dentro del colegio, creo que si bien cada institución tiene alumnos distintos, existen algunos factores y actitudes que facilitan un mejor aprendizaje en parámetros generales. No se trata en absoluto de “refugiarse” en la técnica, de ser una guía al estilo: “si se comporta de manera `a`, aplicar el modo `c`”, porque tal como detallamos anteriormente, aquello no es tan solo una ecuación matemática.

Sí escribiré desde mi experiencia, desde mi aprendizaje personal en las instituciones que hasta el momento trabajé y desde las conclusiones que también pude extraer del contacto con alumnos particulares. No se deben tomar como verdades absolutas o indiscutibles. Puede que a ciertas personas no les beneficie en lo más mínimo lo que detallaré a continuación, o, en el peor de los casos, hasta les sea contraproducente. Ni todos los casos ni todas las situaciones son iguales. Que a mí personalmente me hayan sido de utilidad los siguientes tips, no significa que a todos les ocurra lo mismo.

Observé que la mejor manera de realizar este trabajo era con subtítulos de cada argumento. Comencemos.

El respeto ante todo

Cualquier relación para que sea fructífera implica un respeto mutuo. En la pareja, entre los amigos, entre los compañeros. No se puede pretender que el alumno respete al maestro si primeramente el maestro no es quien respeta a su alumno. Para educar a otros primeramente hay que educarse a uno mismo. No cualquiera puede ser docente. Ya dijimos anteriormente que educar no pasa por una cuestión de “saber”, sino que esencialmente necesitamos “saber ser” con las otras personas. Tener capacidad de autoanálisis, ser flexibles, pacientes. Sin diferenciar si aquellos son grandes, medianos o pequeños. Personas al fin. Algunos individuos creen que con los niños no se aplican las prohibiciones de mentir, golpear o comentar “Lashón Hará” sobre ellos, cuando realmente todo esto no es más que un mito. La prohibición rige tanto para con adultos como para con pequeños (ver “Semirat Halashón” del Jafetz Jaim ZZ”L).

El respeto también implica pedir perdón, agradecer y preguntar si se puede tomar un útil prestado, estando atenido a que puedan contestar “no, no quiero prestarlo” o “mi mamá no me deja”. Tratándolos con respeto, como con cualquier persona. Apreciando así, su manera de decidir por ellos mismos. Su valoración como sujetos. El cumplimiento de sus decisiones. Es cierto, son tan solo unos niños… pero TAN SOLO siguen siendo humanos también…

Un ser digno de confianza

Todo maestro exitoso deberá confiar en las capacidades latentes de sus alumnos. Rotular a cada niño afirmando: “este es el mejor alumno”, “aquel otro le cuesta mucho y nunca comprenderá este tema”, “ese niño es muy inquieto; ¡nunca logrará quedarse en la silla un minuto!”, no nos dejará sorprendernos cuando aquello no suceda. Porque en ese caso, nuestra “estructura” cognitiva se desplomará y trataremos de buscar justificativos: “en el día de la fecha no pudo resolver el ejercicio porque se acostó tarde y estaba muy cansado, pero sin dudas es el mejor alumno”, “hoy comprendió porque su padre le prometió un regalo si entendía”, “hoy estuvo tranquilo porque su mamá lo acompañó a la escuela”. Todo en pos de querer determinar hasta dónde puede llegar cada persona. Los diagnósticos y los preconceptos son muy anhelados y necesarios para las personas que no desean dejarse sorprender por las circunstancias atípicas o poco frecuentes. Que necesitan una estructura predecible en donde basar sus creencias. “Ah, no, Juan es esquizofrénico, ¿cómo creerle si afirmó algo medianamente coherente?, ¡seguro que su enfermedad lo hace delirar!”.

Cuando el Rab Iehudá Ades (Shlita) era pequeño una persona de su familia lo acusó con su padre, el Rab Iaacov Ades (ZZ”L), que no había pronunciado la bendición posterior a la comida (“Birkat Hamazón”). El pequeño Iehudá saltó gritando: “¡sí que dije!”. Entonces el padre le preguntó: “a ver, muéstrame de qué libro”. “De este, papi”, le dijo Iehudá, mostrándole un Majzor de ”Iom Kipur” (que obviamente no tenía esa bendición ya que en Kipur está prohibida la ingesta de alimentos).

El Rab Iehudá Ades (Shlita) cuenta hasta el día de hoy como su padre no le dijo palabra por su accionar, aun sabiendo que en el libro no figuraba la bendición que su hijo decía haber leído.

Confiar no significa exagerar. Confiar es sinónimo de escuchar y estar atento a los posibles cambios. Dejarse sorprender… No quiere decir que si siempre Leandro dijo disparates para interrumpir la clase y distraer a sus compañeros, nunca dirá comentarios o aportes acertados contestando a las preguntas del docente. De ninguna manera. Leandro seguramente en algún momento se interesará por un comentario o pregunta del maestro y le agradará demostrar a sus compañeros y a las autoridades presentes que él conoce la respuesta.

“Uy, no sabes, ¡el abuelo de aquel niño fue un sabio muy grande!. ¿Aquel otro?, su padre era el rabino de la ciudad. El que se encuentra en aquella esquina es hijo de un juez rabínico muy importante”, le afirmaba un director de una prestigiosa institución a un colega amigo. “¿Pero todos son importantes aquí?”, preguntó asombrado su compañero. “¡Claro!, ¿acaso todos los judíos no provenimos de Abraham, Itzjack, Iaacov, Iosef, Moshé y David? ¡Todos sus padres, abuelos y bisabuelos son importantes! Por ende, ¡ellos también lo son! ¿Acaso sabemos el potencial que tiene cada alumno y alumno? ¡Pueden llegar a niveles que nunca jamás imaginaríamos!”.

Cumplir con la palabra

Si existe algo que los niños no olvidan fácil son las promesas incumplidas. “¡Pero tú nos prometiste que si nos comportábamos bien nos obsequiabas un chocolate a cada uno!”. Claro, en el impulso y el deseo de controlar la clase abruptamente, cuando los castigos y las amenazas ya no surten efecto, el maestro puede llegar a prometer beneficios o premios inalcanzables de satisfacer. “Igual los niños se olvidan…” ¡No! ¡De ninguna manera! Primeramente tenemos una prohibición de mentir sea a quien sea. NOSOTROS no podemos mentir, ¿qué importa hacia quién y con qué fin?, ¡la prohibición es nuestra! (salvo en extremas cuestiones de “shalom”, ver en profundidad el caso de la “Sotá”). Tal como dice el versículo: “De palabra de mentira te alejarás” (Éxodo 23:7).

Acerca de la importancia del cumplir las promesas, el Rey David nos enseñó: “Juré y ratifiqué el guardar los juicios de tu justicia” (Salmos 119:106).

En segundo término, no cumplir con nuestros compromisos nos jugará en contra en todo el trayecto de enseñanza, más allá de la prohibición de la Torá.

Los chicos no olvidan fácilmente y dificultosamente puedan confiar nuevamente en nosotros. Existen oportunidades en las que deben existir premios para estimular a los alumnos y estos últimos difícilmente nos crean. Tal vez los que son más memoriosos animen a sus compañeros que no lo son tanto, a no confiar. Debemos saber que con ellos perdemos muy fácilmente la credibilidad. Habrá que tener mucho cuidado. Contrariamente, si procuramos esforzarnos por cumplir nuestra palabra, si los niños se aseguran que no hablamos en vano ni “porque el aire es gratis”, es asombroso lo que podemos lograr. Ellos aprenderán también que el habla es un don especial que tenemos los humanos y debemos cuidarla y hacerla respetar.

Reconocer errores

Admitir que uno es falible quizá sea una de las afirmaciones más embarazosas de reconocer. La dificultad se potencia aun más cuando la persona tiene un “cargo” de “sumo poder” o autoridad: docente, director, coordinador, ministro y ni que hablar de un presidente. “¿Cómo yo admitiré que me equivoqué?, ¿yo?, ¡¿el presidente de los Estados Unidos?!

Pero a veces tendemos a olvidar que no corregir un error es cometer otro más grave. Todos sabemos internamente que no somos perfectos y que podemos fallar. Trasmitir el mensaje que “la autoridad” nunca se equivoca es un grave error. De esta manera no enseñamos a nuestros alumnos a conocerse a sí mismos. Si siempre se quedan con esa personalidad narcisista que “soy el mejor”, “nunca me equivoco”, entonces difícilmente puedan reconocer y autoexplorar errores.

Quizá uno pueda llegar a pensar: “pero… ¡un maestro enseña el contenido y punto!, ¿acaso los valores no deben transmitirlos sus padres?”. En realidad, la escuela de hoy en día es mucho más que un lugar en donde se enseñan contenidos. Muchas veces, en los casos que el hambre apremia, a la escuela se va a comer el desayuno y la merienda; en otras oportunidades se los “manda” para que se entretengan y no estén sin hacer nada en casa; otras tantas para que hagan amigos y socialicen. En verdad, nada de lo anteriormente dicho está mal. La escuela es un TODO. Los chicos no concurren SOLAMENTE para algo en especial. La educación es un factor holístico que encierra primeramente el ser persona, el ser humano. Obviamente que en la micro comunidad deberá aprender a socializar para luego afrontar el mundo, la vida.

Los contenidos quizá el alumno los olvide quedándole en la memoria a largo plazo un 5% de todo lo que estudió, pero los valores, la sensibilidad, el cómo ser una mejor persona, eso no lo olvidará tan fácilmente.

Como requisito excluyente para que la atmósfera de enseñanza sea cálida y el aprender sea un placer (y no un castigo), el maestro debe “condimentar” la clase demostrando que también es persona. Que también puede equivocarse.

No creamos que reconociendo errores nuestra reputación disminuirá a los ojos de nuestros alumnos… ¡al contrario! ¡Qué gran aprendizaje realizarán ellos! “Si el maestro puede reconocer que es falible, que es humano, que puede equivocarse… nosotros, que somos sus alumnos, ¡cuánto más y más que podemos llegar a errar!”. Quizá conscientemente no se den cuenta de este aprendizaje, pero actitudinalmente queda implícita esta lección.

Siempre y cuando el alumno sepa que su maestro lo aceptará incondicionalmente y no lo avergonzará, reconocerá su error y estará abierto a corregirse.

Cuentan que una vez, un padre se sentó en la mesa de su comedor a terminar un trabajo, mientras, su hijo pequeño corría en círculos alrededor de él. En una de sus tantas vueltas, tiró un jarrón que había sido puesto junto al borde de la mesa. Llamó el progenitor a su hijo y con un aire decente le dijo: “sabe, hijo mío, que no debes pasar cerca de un jarrón cuando éste se encuentre al borde de la mesa”.

Pasaron una semanas y la situación se invirtió: el niño estaba sentado en la mesa, un nuevo jarrón en el borde y el padre fue quien pasó por su cercanía y tiró accidentalmente el jarrón, haciéndolo añicos. Nuevamente el padre llamó a su hijo y le dijo: “hijo mío, debes saber que nunca se deja un jarrón en el borde de una mesa…”

Escucharlos atentamente

En muchas oportunidades he observados a padres o maestros que cuando sus hijos o alumnos le comentan sucesos en los recreos, los “escuchan” mirando hacia otro lado, diciendo todo que “sí, sí”, con la mente en otro lugar, o todo a la vez. Una indiferencia absoluta que daña, y mucho (no hace falta hablar para lastimar…) Si bien es cierto que muchas veces los chicos estiran mucho sus relatos (y más cuando saben que un adulto los está “escuchando”), ese no debe ser un factor para que “hagamos de cuenta” que estamos atentos a lo que nos dicen. Para que los engañemos pasivamente.

Una técnica efectiva para que los niños comprendan que los estamos siguiendo, es realizarles preguntas de lo que nos contaron para ver si realmente entendimos lo que quisieron transmitirnos. Una escucha de seguimiento empático.

Aparte de engañarlos, los niños captan muy bien cuando esto sucede y quizá ya no se interesen por contar algunos acontecimientos (que dicho sea de paso, pueden ser muy importantes para los adultos para con ese niño.) “Si total las paredes escuchan de la misma manera… ¿con qué fin se lo contaré al maestro?”. Hay que escuchar con todos los sentidos y el cuerpo. Y en caso de no ser factible en aquel momento, es preferible aclarar: “mira, en este instante no puedo escucharte, hablemos en otro momento, ¿te parece?”, antes que jugar al “como si…”

Valorar la pregunta

Las preguntas son un factor casi esencial para aprender. Un alumno que no pregunta (ya sea por falta de motivación, de interés, vergüenza o timidez), no aprende de la misma manera que aquel que sí lo hace y se interesa. Por ello, cuando los chicos preguntan debemos valorar que lo hacen. Quizá el levantar la mano o comentar haya sido un trabajo interno muy profundo que debemos valorar. “¿Lo digo o no lo digo?, ¿y si mis compañeros me avergüenzan?, ¿y si lo que afirmo es un disparate?”. Nunca sabremos si antes de cuestionar pasó por un proceso interno o simplemente se lanzó impulsivamente. Pero sea de la manera que sea, estimular la participación del niño es una motivación increíble y lo propulsará a realizarlo más a menudo.

Claro que avergonzando al que preguntó “aquel disparate” filtrará más las intervenciones en clase… pero no se trata de actuar como un totalitarismo ni filtrar nada, pues, ¡estamos para aprender! Además, de esta manera el niño puede quebrarse y no preguntar más.

Ocurre a veces que los niños tienen ideas o argumentos que para ellos son muy creíbles, y a veces los docentes pensamos que lo hacen para desconcentrar al grupo. Por ello debemos tener mucho tacto con aquellos comentarios. No debemos juzgar por adelantado. En todo caso se podrá charlar con él fuera de clase para corroborar aquello. Cuando los chicos mienten, se nota…

La fuerza del elogio

Cuando los hermanos de Iosef dictaminaron que había que asesinar a este último por sus “sueños irreales” y su “altanería”, la Torá relata que Reubén salió a defenderlo: “Cuando Rubén oyó esto, lo libró de sus manos, y dijo: No lo matemos” (Génesis 37:21). Los versículos posteriores comentan que el propuso, en cambio, arrojarlo a un pozo, con la intención de luego ir a buscarlo y sacarlo de allí. Y así finalmente hicieron…

Justamente por eso mismo cuando regresó a él y vio que no se encontraba en aquel sitio (sus hermanos lo habían vendido a los Árabes), rasgó sus ropas en señal de duelo (Génesis 37:29).

El “Ialkut Shimoní” (Vaikrá) nos enseña: “si Reubén se hubiese enterado que la Torá en un futuro mencionaría y estimularía su accionar salvador (“… lo libró de sus manos”), hubiese cargado a Iosef en sus hombros llevándolo a su padre Iaakov y oponiéndose totalmente a sus hermanos”.

No tenemos noción del efecto que surte elogiar a los chicos, de estimularlos hacia adelante. Observemos nosotros que aun tratándose de una de las tribus como Reubén, con un nivel y categoría increíble, también esta manera de estímulo hubiese sido totalmente positiva para el bien de Iosef y de toda la historia del pueblo judío.

Llamarlos por el nombre

Una validación eficaz del sujeto y su unicidad, es llamarlo como sus padres lo hacen y lo hacían cuando tenía apenas unos días de vida. Ya mucho antes que eso, cuando se encontraba en la panza de su madre, los progenitores ya se imaginaban cómo sería y qué nombre le pondrían al futuro bebé.

Llamarlo como “pibe”, “nene”, “bebé”, “niñito” o por el apellido, no lo valida como sujeto. Todos los integrantes tienen el mismo apellido, ¿qué hará de particular llamarlo como un TODO?

En una oportunidad, un compañero de escuela llamó a casa. “Hola, sí, ¿está Owsiany?” (Aludiendo a mi apellido, como muchos en el colegio me llamaban). En eso mi papá le pregunta: “¿con cuál de todos los Owsiany`s quieres hablar?”.

Fíjense ustedes cuando por la calle gritan el nombre de uno, nos damos vuelta en un acto reflejo. Aun sin darnos cuenta. Puede servir mucho para llamar la atención. Los “¡¡ey!!”, los “nene, ¿qué hacés?” o los “¿qué te pasa pibe?”, no enfatizan a la persona con la cual queremos acentuar algo. Está dicho “al aire”, a otra persona…

Intentar explicar el motivo de las consignas

Cuando y cuanto sea posible, sería bueno que se expliquen el accionar de las consignas o las prohibiciones de realizar conductas antisociales. Muchas veces lo que a los ojos de los adultos es obvio y lógico, para los chicos no lo es o tienen conceptos equivocados. Y cuando podemos lograr que comprendan nuestras consignas, cuando se den cuenta que es por su bien y no un simple “capricho”, la motivación para realizar las órdenes aumentará.

Ioni es un chico con problemas familiares graves. Muchas veces se veían conductas muy agresivas y violentas para con sus compañeros y maestros. En el impulso, creánme, era imposible de frenar. Probamos de todo.

Ese día, cuando bajaba del almuerzo, Ioni había arrojado una silla por la escalera, vaya a saber uno por qué... Como observó que yo había visto su comportamiento, corrió rápidamente hacia su aula y se escondió detrás de un armario. Fue muy fuerte ver esa escena… tranquilamente podía haber lastimado seriamente a otros alumnos, ya que en el horario que lanzó la butaca de madera, todos los estudiantes bajaban hacia el patio. Milagrosamente y gracias a Di-s, no ocurrió nada.

Realmente no sabía muy bien cómo actuar. Primeramente porque él no era mi alumno, pero nos unía una amistad y un diálogo constante. En aquel momento sentí que era mi obligación hablar con él.

Cuando llegué al aula le dije que saliera de allí atrás, que no lo castigaría ni nada de eso. “Pero no me quiero quedar sin recreo”, creo que me dijo. Claro que no iba a hacer una cosa así, pero traté de que se diera cuenta qué había hecho. “Ioni, quédate tranquilo, no te retaré ni nada es eso, pero… ¿vos sabés lo que podía pasar si esa silla golpeaba a algún amiguito?”, le pregunté. “Sí, el director me hubiese retado y podía expulsarme de la escuela”, me contestó. “Pero olvídate del director y de la expulsión, ¡podías haber lastimado a un compañero que nada tuvo que ver contigo!”. No puedo olvidar la cara que puso en aquel momento y cómo se quedó pensando…

A la hora de reprochar

Si bien debemos respetar a nuestros alumnos ello no implica que estemos exentos de reprocharlos y que todo lo que hagan estará siempre bien. Claro que no. Eso sería esconder nuestra cabeza y esquivar responsabilidades. Como compañeros y maestros tenemos un precepto bien marcado que nos dice: “… reprender reprenderás a tu compañero y no se elevará sobre ti pecado” (Levítico 19:17). Debemos reprochar pero no olvidarnos que no se debe elevar sobre nosotros pecado, es decir, el hecho de tener un precepto de reprender no nos otorga derecho a no tomar recaudos al hacerlo… ¡se deberá procurar no avergonzarlo! Y, más que nada, no reprochar desde el odio o rencor, sino, tal como nos enseña el Rambam, “externamente furioso pero internamente tranquilo” (en caso que sea necesario). Desquitarse o lanzar bronca interna junto al reto, no tiene efecto valedero. Es preferible calmarse un rato antes, recapacitar y luego reprender. No perdamos el control. El reproche debe ser un aprendizaje para el alumno, no una agresión.

Debemos enfatizar que no estamos de acuerdo con las actitudes negativas, no con la persona, con el alumno. Y no son todas sus actitudes, sino una puntual que se desacomodó de lugar. No debemos transmitir que por aquello todo su ser es “malo” o digno de desconfianza.

Lamentablemente muchos padres amenazan a sus hijos afirmando:”si no te portas bien te dejamos abandonado aquí mismo” o similares. ¡Cuánto mal y destrucción provocan con sus palabras! ¡Daños irreparables!

Luego del reproche…

Es importante no quedarse con broncas personales ni nada por el estilo. Ok, el niño se equivocó, se lo reprendió de la forma adecuada y punto. No debe quedar aquel recuerdo “fresco” en la memoria ni recordárselo constantemente al alumno. ¡Por el contrario! Para estimularlo se le debe decir: “¿recuerdas cuando aquella vez escuchaste lo que te dije y te felicité?”.

Es interesante realizar un chiste, dar la mano, un beso u otro mensaje de afecto posteriormente a la llamada de atención. Una demostración no solamente con palabras, sino con actos, con actitudes. Demostrar que lo llamamos al orden por su bien. Por una actitud en particular y no por toda se persona. Luego tratarlos como si nada pasó.

No juzgar por adelantado

La Torá nos enseña: “… con justicia juzgarás a tu compañero” (Levítico 19:15). De aquí nuestros sabios aprenden que siempre debemos juzgar las actitudes de nuestro semejante para bien.

Muchas veces ocurre que los niños hacen algo y ya corremos a gritarles o retarlos sin observar profundamente lo que quisieron hacer. No siempre son actos negativos. Pasa que el preconcepto nos juega en contra. Por eso debemos ser pacientes y esperar. Se deberá calmar el “grito interno”. Si así actuamos, créanme, nos sorprenderemos…

Otras actitudes que suman…

Saludar primero los maestros a los alumnos que estos últimos a los maestros, acomodarles la ropa cuando notemos un desarreglo, actuar con humor o contando chistes, escucharlos cuando nos comentan relatos o miedos, narrarles nosotros mismos hechos personales y cotidianos, aumenta mucho la confianza entre las partes. Ya sea para el psicoanálisis, para el humanismo o para el cognitivismo, la relación en la terapia lo es TODO. Si el consultante no confía en su terapeuta, entonces el proceso no tendrá sentido. La relación es un condimento elemental y fundamental para el éxito terapéutico.

A veces realizar chistes en la clase (de manera prudente y no excesiva) genera un clima cálido y permite que los contenidos queden más. El Talmud cuenta que existía un sabio que antes de comenzar a estudiar, narraba una historia cómica para que a sus alumnos les sea más fácil el estudio.

Los chistes quedan porque son divertidos, porque a uno le alegra. Si las clases se tornan divertidas, lo más probable es que a los niños le queden los contenidos.

Comentario final

Sin dudas que educar no es nada fácil.

Cierto es que el conductismo ha dado resultados mucho más simples e instantáneos, pero debemos analizar el futuro de los niños… no solamente la inmediatez, sino qué se llevarán consigno cuando terminen el colegio. La mayoría de los contenidos seguramente los olvidarán…

Se educa no solamente para el momento, para “quitarse el problema de encima”, para cumplir con el “libreto” y el rol, sino para que durante su travesía en la futura y rocosa vida, llena de metas y desafíos, puedan asumir responsabilidades y actuar con cualidades exuberantes. No lo olvidemos: gran parte de nosotros depende.

Alan Owsiany

Untitled Document http://www.alanconsultor.com.ar

http://reflexionando21.blogspot.com/


Alan J. Owsiany es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato, estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim (Rejasim, Israel).

Desde la psicología humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral), se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá y las mitzvot.

Actualmente desarrolla tareas como docente integrador y acompañante terapéutico en escuelas ortodoxas de la comunidad.

 

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