Cientos
de libros ya se encargaron en el pasado y se encargan más
intensamente en la actualidad de este amplio y a la vez
difícil proceso. Muchos pedagogos, educadores y psicólogos,
aportan sus conocimientos al respecto.
De
todas maneras, no es requisito indispensable ser profesional
para saber conducir a niños o hasta los propios hijos
de una manera acertada. El conocimiento sin la acción
no tiene sentido; queda sólo en lo cognitivo, no
en lo práctico. Es como aquella persona que dispone
de un manual de instrucciones pero le faltan los elementos
para construir.
Así
que esencialmente debemos saber que más allá
de los consejos y/o técnicas que nos puedan brindar
los profesionales especializados, educar no pasa solamente
por una cuestión de “saber”, sino más
que nada por “saber hacer” y, primordialmente,
“saber ser”.
Obviamente
que cada chico es un mundo aparte. No podemos generalizar.
Nadie nos dirá qué hacer cuando David le tira
del pelo a su hermana, o cuando Leandro no quiera comer
su almuerzo. Dependerá de la circunstancia, del momento,
del temperamento de cada uno y la actitud de sus padres.
Dar una respuesta hacia aquella pregunta se torna imposible.
Y arriesgarse y hacerlo, no me consta cuánto puede
servir.
Aun
así, en lo que respecta a lo educacional dentro del
colegio, creo que si bien cada institución tiene
alumnos distintos, existen algunos factores y actitudes
que facilitan un mejor aprendizaje en parámetros
generales. No se trata en absoluto de “refugiarse”
en la técnica, de ser una guía al estilo:
“si se comporta de manera `a`, aplicar el modo `c`”,
porque tal como detallamos anteriormente, aquello no es
tan solo una ecuación matemática.
Sí
escribiré desde mi experiencia, desde mi aprendizaje
personal en las instituciones que hasta el momento trabajé
y desde las conclusiones que también pude extraer
del contacto con alumnos particulares. No se deben tomar
como verdades absolutas o indiscutibles. Puede que a ciertas
personas no les beneficie en lo más mínimo
lo que detallaré a continuación, o, en el
peor de los casos, hasta les sea contraproducente. Ni todos
los casos ni todas las situaciones son iguales. Que a mí
personalmente me hayan sido de utilidad los siguientes tips,
no significa que a todos les ocurra lo mismo.
Observé
que la mejor manera de realizar este trabajo era con subtítulos
de cada argumento. Comencemos.
El
respeto ante todo
Cualquier
relación para que sea fructífera implica un
respeto mutuo. En la pareja, entre los amigos, entre los
compañeros. No se puede pretender que el alumno respete
al maestro si primeramente el maestro no es quien respeta
a su alumno. Para educar a otros primeramente hay que educarse
a uno mismo. No cualquiera puede ser docente. Ya dijimos
anteriormente que educar no pasa por una cuestión
de “saber”, sino que esencialmente necesitamos
“saber ser” con las otras personas. Tener capacidad
de autoanálisis, ser flexibles, pacientes. Sin diferenciar
si aquellos son grandes, medianos o pequeños. Personas
al fin. Algunos individuos creen que con los niños
no se aplican las prohibiciones de mentir, golpear o comentar
“Lashón Hará” sobre ellos, cuando
realmente todo esto no es más que un mito. La prohibición
rige tanto para con adultos como para con pequeños
(ver “Semirat Halashón” del Jafetz Jaim
ZZ”L).
El
respeto también implica pedir perdón, agradecer
y preguntar si se puede tomar un útil prestado, estando
atenido a que puedan contestar “no, no quiero prestarlo”
o “mi mamá no me deja”. Tratándolos
con respeto, como con cualquier persona. Apreciando así,
su manera de decidir por ellos mismos. Su valoración
como sujetos. El cumplimiento de sus decisiones. Es cierto,
son tan solo unos niños… pero TAN SOLO siguen
siendo humanos también…
Un
ser digno de confianza
Todo
maestro exitoso deberá confiar en las capacidades
latentes de sus alumnos. Rotular a cada niño afirmando:
“este es el mejor alumno”, “aquel otro
le cuesta mucho y nunca comprenderá este tema”,
“ese niño es muy inquieto; ¡nunca logrará
quedarse en la silla un minuto!”, no nos dejará
sorprendernos cuando aquello no suceda. Porque en ese caso,
nuestra “estructura” cognitiva se desplomará
y trataremos de buscar justificativos: “en el día
de la fecha no pudo resolver el ejercicio porque se acostó
tarde y estaba muy cansado, pero sin dudas es el mejor alumno”,
“hoy comprendió porque su padre le prometió
un regalo si entendía”, “hoy estuvo tranquilo
porque su mamá lo acompañó a la escuela”.
Todo en pos de querer determinar hasta dónde puede
llegar cada persona. Los diagnósticos y los preconceptos
son muy anhelados y necesarios para las personas que no
desean dejarse sorprender por las circunstancias atípicas
o poco frecuentes. Que necesitan una estructura predecible
en donde basar sus creencias. “Ah, no, Juan es esquizofrénico,
¿cómo creerle si afirmó algo medianamente
coherente?, ¡seguro que su enfermedad lo hace delirar!”.
Cuando
el Rab Iehudá Ades (Shlita) era pequeño una
persona de su familia lo acusó con su padre, el Rab
Iaacov Ades (ZZ”L), que no había pronunciado
la bendición posterior a la comida (“Birkat
Hamazón”). El pequeño Iehudá
saltó gritando: “¡sí que dije!”.
Entonces el padre le preguntó: “a ver, muéstrame
de qué libro”. “De este, papi”,
le dijo Iehudá, mostrándole un Majzor de ”Iom
Kipur” (que obviamente no tenía esa bendición
ya que en Kipur está prohibida la ingesta de alimentos).
El
Rab Iehudá Ades (Shlita) cuenta hasta el día
de hoy como su padre no le dijo palabra por su accionar,
aun sabiendo que en el libro no figuraba la bendición
que su hijo decía haber leído.
Confiar
no significa exagerar. Confiar es sinónimo de escuchar
y estar atento a los posibles cambios. Dejarse sorprender…
No quiere decir que si siempre Leandro dijo disparates para
interrumpir la clase y distraer a sus compañeros,
nunca dirá comentarios o aportes acertados contestando
a las preguntas del docente. De ninguna manera. Leandro
seguramente en algún momento se interesará
por un comentario o pregunta del maestro y le agradará
demostrar a sus compañeros y a las autoridades presentes
que él conoce la respuesta.
“Uy,
no sabes, ¡el abuelo de aquel niño fue un sabio
muy grande!. ¿Aquel otro?, su padre era el rabino
de la ciudad. El que se encuentra en aquella esquina es
hijo de un juez rabínico muy importante”, le
afirmaba un director de una prestigiosa institución
a un colega amigo. “¿Pero todos son importantes
aquí?”, preguntó asombrado su compañero.
“¡Claro!, ¿acaso todos los judíos
no provenimos de Abraham, Itzjack, Iaacov, Iosef, Moshé
y David? ¡Todos sus padres, abuelos y bisabuelos son
importantes! Por ende, ¡ellos también lo son!
¿Acaso sabemos el potencial que tiene cada alumno
y alumno? ¡Pueden llegar a niveles que nunca jamás
imaginaríamos!”.
Cumplir con la palabra
Si
existe algo que los niños no olvidan fácil
son las promesas incumplidas. “¡Pero tú
nos prometiste que si nos comportábamos bien nos
obsequiabas un chocolate a cada uno!”. Claro, en el
impulso y el deseo de controlar la clase abruptamente, cuando
los castigos y las amenazas ya no surten efecto, el maestro
puede llegar a prometer beneficios o premios inalcanzables
de satisfacer. “Igual los niños se olvidan…”
¡No! ¡De ninguna manera! Primeramente tenemos
una prohibición de mentir sea a quien sea. NOSOTROS
no podemos mentir, ¿qué importa hacia quién
y con qué fin?, ¡la prohibición es nuestra!
(salvo en extremas cuestiones de “shalom”, ver
en profundidad el caso de la “Sotá”).
Tal como dice el versículo: “De palabra de
mentira te alejarás” (Éxodo 23:7).
Acerca
de la importancia del cumplir las promesas, el Rey David
nos enseñó: “Juré y ratifiqué
el guardar los juicios de tu justicia” (Salmos 119:106).
En
segundo término, no cumplir con nuestros compromisos
nos jugará en contra en todo el trayecto de enseñanza,
más allá de la prohibición de la Torá.
Los
chicos no olvidan fácilmente y dificultosamente puedan
confiar nuevamente en nosotros. Existen oportunidades en
las que deben existir premios para estimular a los alumnos
y estos últimos difícilmente nos crean. Tal
vez los que son más memoriosos animen a sus compañeros
que no lo son tanto, a no confiar. Debemos saber que con
ellos perdemos muy fácilmente la credibilidad. Habrá
que tener mucho cuidado. Contrariamente, si procuramos esforzarnos
por cumplir nuestra palabra, si los niños se aseguran
que no hablamos en vano ni “porque el aire es gratis”,
es asombroso lo que podemos lograr. Ellos aprenderán
también que el habla es un don especial que tenemos
los humanos y debemos cuidarla y hacerla respetar.
Reconocer
errores
Admitir
que uno es falible quizá sea una de las afirmaciones
más embarazosas de reconocer. La dificultad se potencia
aun más cuando la persona tiene un “cargo”
de “sumo poder” o autoridad: docente, director,
coordinador, ministro y ni que hablar de un presidente.
“¿Cómo yo admitiré que me equivoqué?,
¿yo?, ¡¿el presidente de los Estados
Unidos?!
Pero
a veces tendemos a olvidar que no corregir un error es cometer
otro más grave. Todos sabemos internamente que no
somos perfectos y que podemos fallar. Trasmitir el mensaje
que “la autoridad” nunca se equivoca es un grave
error. De esta manera no enseñamos a nuestros alumnos
a conocerse a sí mismos. Si siempre se quedan con
esa personalidad narcisista que “soy el mejor”,
“nunca me equivoco”, entonces difícilmente
puedan reconocer y autoexplorar errores.
Quizá
uno pueda llegar a pensar: “pero… ¡un
maestro enseña el contenido y punto!, ¿acaso
los valores no deben transmitirlos sus padres?”. En
realidad, la escuela de hoy en día es mucho más
que un lugar en donde se enseñan contenidos. Muchas
veces, en los casos que el hambre apremia, a la escuela
se va a comer el desayuno y la merienda; en otras oportunidades
se los “manda” para que se entretengan y no
estén sin hacer nada en casa; otras tantas para que
hagan amigos y socialicen. En verdad, nada de lo anteriormente
dicho está mal. La escuela es un TODO. Los chicos
no concurren SOLAMENTE para algo en especial. La educación
es un factor holístico que encierra primeramente
el ser persona, el ser humano. Obviamente que en la micro
comunidad deberá aprender a socializar para luego
afrontar el mundo, la vida.
Los
contenidos quizá el alumno los olvide quedándole
en la memoria a largo plazo un 5% de todo lo que estudió,
pero los valores, la sensibilidad, el cómo ser una
mejor persona, eso no lo olvidará tan fácilmente.
Como
requisito excluyente para que la atmósfera de enseñanza
sea cálida y el aprender sea un placer (y no un castigo),
el maestro debe “condimentar” la clase demostrando
que también es persona. Que también puede
equivocarse.
No
creamos que reconociendo errores nuestra reputación
disminuirá a los ojos de nuestros alumnos…
¡al contrario! ¡Qué gran aprendizaje
realizarán ellos! “Si el maestro puede reconocer
que es falible, que es humano, que puede equivocarse…
nosotros, que somos sus alumnos, ¡cuánto más
y más que podemos llegar a errar!”. Quizá
conscientemente no se den cuenta de este aprendizaje, pero
actitudinalmente queda implícita esta lección.
Siempre
y cuando el alumno sepa que su maestro lo aceptará
incondicionalmente y no lo avergonzará, reconocerá
su error y estará abierto a corregirse.
Cuentan
que una vez, un padre se sentó en la mesa de su comedor
a terminar un trabajo, mientras, su hijo pequeño
corría en círculos alrededor de él.
En una de sus tantas vueltas, tiró un jarrón
que había sido puesto junto al borde de la mesa.
Llamó el progenitor a su hijo y con un aire decente
le dijo: “sabe, hijo mío, que no debes pasar
cerca de un jarrón cuando éste se encuentre
al borde de la mesa”.
Pasaron
una semanas y la situación se invirtió: el
niño estaba sentado en la mesa, un nuevo jarrón
en el borde y el padre fue quien pasó por su cercanía
y tiró accidentalmente el jarrón, haciéndolo
añicos. Nuevamente el padre llamó a su hijo
y le dijo: “hijo mío, debes saber que nunca
se deja un jarrón en el borde de una mesa…”
Escucharlos
atentamente
En
muchas oportunidades he observados a padres o maestros que
cuando sus hijos o alumnos le comentan sucesos en los recreos,
los “escuchan” mirando hacia otro lado, diciendo
todo que “sí, sí”, con la mente
en otro lugar, o todo a la vez. Una indiferencia absoluta
que daña, y mucho (no hace falta hablar para lastimar…)
Si bien es cierto que muchas veces los chicos estiran mucho
sus relatos (y más cuando saben que un adulto los
está “escuchando”), ese no debe ser un
factor para que “hagamos de cuenta” que estamos
atentos a lo que nos dicen. Para que los engañemos
pasivamente.
Una
técnica efectiva para que los niños comprendan
que los estamos siguiendo, es realizarles preguntas de lo
que nos contaron para ver si realmente entendimos lo que
quisieron transmitirnos. Una escucha de seguimiento empático.
Aparte
de engañarlos, los niños captan muy bien cuando
esto sucede y quizá ya no se interesen por contar
algunos acontecimientos (que dicho sea de paso, pueden ser
muy importantes para los adultos para con ese niño.)
“Si total las paredes escuchan de la misma manera…
¿con qué fin se lo contaré al maestro?”.
Hay que escuchar con todos los sentidos y el cuerpo. Y en
caso de no ser factible en aquel momento, es preferible
aclarar: “mira, en este instante no puedo escucharte,
hablemos en otro momento, ¿te parece?”, antes
que jugar al “como si…”
Valorar la pregunta
Las
preguntas son un factor casi esencial para aprender. Un
alumno que no pregunta (ya sea por falta de motivación,
de interés, vergüenza o timidez), no aprende
de la misma manera que aquel que sí lo hace y se
interesa. Por ello, cuando los chicos preguntan debemos
valorar que lo hacen. Quizá el levantar la mano o
comentar haya sido un trabajo interno muy profundo que debemos
valorar. “¿Lo digo o no lo digo?, ¿y
si mis compañeros me avergüenzan?, ¿y
si lo que afirmo es un disparate?”. Nunca sabremos
si antes de cuestionar pasó por un proceso interno
o simplemente se lanzó impulsivamente. Pero sea de
la manera que sea, estimular la participación del
niño es una motivación increíble y
lo propulsará a realizarlo más a menudo.
Claro
que avergonzando al que preguntó “aquel disparate”
filtrará más las intervenciones en clase…
pero no se trata de actuar como un totalitarismo ni filtrar
nada, pues, ¡estamos para aprender! Además,
de esta manera el niño puede quebrarse y no preguntar
más.
Ocurre a veces que los niños tienen ideas o argumentos
que para ellos son muy creíbles, y a veces los docentes
pensamos que lo hacen para desconcentrar al grupo. Por ello
debemos tener mucho tacto con aquellos comentarios. No debemos
juzgar por adelantado. En todo caso se podrá charlar
con él fuera de clase para corroborar aquello. Cuando
los chicos mienten, se nota…
La
fuerza del elogio
Cuando los hermanos de Iosef dictaminaron que había
que asesinar a este último por sus “sueños
irreales” y su “altanería”, la
Torá relata que Reubén salió a defenderlo:
“Cuando Rubén oyó esto, lo libró
de sus manos, y dijo: No lo matemos” (Génesis
37:21). Los versículos posteriores comentan que el
propuso, en cambio, arrojarlo a un pozo, con la intención
de luego ir a buscarlo y sacarlo de allí. Y así
finalmente hicieron…
Justamente
por eso mismo cuando regresó a él y vio que
no se encontraba en aquel sitio (sus hermanos lo habían
vendido a los Árabes), rasgó sus ropas en
señal de duelo (Génesis 37:29).
El “Ialkut Shimoní” (Vaikrá) nos
enseña: “si Reubén se hubiese enterado
que la Torá en un futuro mencionaría y estimularía
su accionar salvador (“… lo libró de
sus manos”), hubiese cargado a Iosef en sus hombros
llevándolo a su padre Iaakov y oponiéndose
totalmente a sus hermanos”.
No tenemos noción del efecto que surte elogiar a
los chicos, de estimularlos hacia adelante. Observemos nosotros
que aun tratándose de una de las tribus como Reubén,
con un nivel y categoría increíble, también
esta manera de estímulo hubiese sido totalmente positiva
para el bien de Iosef y de toda la historia del pueblo judío.
Llamarlos por el nombre
Una
validación eficaz del sujeto y su unicidad, es llamarlo
como sus padres lo hacen y lo hacían cuando tenía
apenas unos días de vida. Ya mucho antes que eso,
cuando se encontraba en la panza de su madre, los progenitores
ya se imaginaban cómo sería y qué nombre
le pondrían al futuro bebé.
Llamarlo
como “pibe”, “nene”, “bebé”,
“niñito” o por el apellido, no lo valida
como sujeto. Todos los integrantes tienen el mismo apellido,
¿qué hará de particular llamarlo como
un TODO?
En
una oportunidad, un compañero de escuela llamó
a casa. “Hola, sí, ¿está Owsiany?”
(Aludiendo a mi apellido, como muchos en el colegio me llamaban).
En eso mi papá le pregunta: “¿con cuál
de todos los Owsiany`s quieres hablar?”.
Fíjense
ustedes cuando por la calle gritan el nombre de uno, nos
damos vuelta en un acto reflejo. Aun sin darnos cuenta.
Puede servir mucho para llamar la atención. Los “¡¡ey!!”,
los “nene, ¿qué hacés?”
o los “¿qué te pasa pibe?”, no
enfatizan a la persona con la cual queremos acentuar algo.
Está dicho “al aire”, a otra persona…
Intentar
explicar el motivo de las consignas
Cuando
y cuanto sea posible, sería bueno que se expliquen
el accionar de las consignas o las prohibiciones de realizar
conductas antisociales. Muchas veces lo que a los ojos de
los adultos es obvio y lógico, para los chicos no
lo es o tienen conceptos equivocados. Y cuando podemos lograr
que comprendan nuestras consignas, cuando se den cuenta
que es por su bien y no un simple “capricho”,
la motivación para realizar las órdenes aumentará.
Ioni
es un chico con problemas familiares graves. Muchas veces
se veían conductas muy agresivas y violentas para
con sus compañeros y maestros. En el impulso, creánme,
era imposible de frenar. Probamos de todo.
Ese
día, cuando bajaba del almuerzo, Ioni había
arrojado una silla por la escalera, vaya a saber uno por
qué... Como observó que yo había visto
su comportamiento, corrió rápidamente hacia
su aula y se escondió detrás de un armario.
Fue muy fuerte ver esa escena… tranquilamente podía
haber lastimado seriamente a otros alumnos, ya que en el
horario que lanzó la butaca de madera, todos los
estudiantes bajaban hacia el patio. Milagrosamente y gracias
a Di-s, no ocurrió nada.
Realmente
no sabía muy bien cómo actuar. Primeramente
porque él no era mi alumno, pero nos unía
una amistad y un diálogo constante. En aquel momento
sentí que era mi obligación hablar con él.
Cuando
llegué al aula le dije que saliera de allí
atrás, que no lo castigaría ni nada de eso.
“Pero no me quiero quedar sin recreo”, creo
que me dijo. Claro que no iba a hacer una cosa así,
pero traté de que se diera cuenta qué había
hecho. “Ioni, quédate tranquilo, no te retaré
ni nada es eso, pero… ¿vos sabés lo
que podía pasar si esa silla golpeaba a algún
amiguito?”, le pregunté. “Sí,
el director me hubiese retado y podía expulsarme
de la escuela”, me contestó. “Pero olvídate
del director y de la expulsión, ¡podías
haber lastimado a un compañero que nada tuvo que
ver contigo!”. No puedo olvidar la cara que puso en
aquel momento y cómo se quedó pensando…
A la hora de reprochar
Si
bien debemos respetar a nuestros alumnos ello no implica
que estemos exentos de reprocharlos y que todo lo que hagan
estará siempre bien. Claro que no. Eso sería
esconder nuestra cabeza y esquivar responsabilidades. Como
compañeros y maestros tenemos un precepto bien marcado
que nos dice: “… reprender reprenderás
a tu compañero y no se elevará sobre ti pecado”
(Levítico 19:17). Debemos reprochar pero no olvidarnos
que no se debe elevar sobre nosotros pecado, es decir, el
hecho de tener un precepto de reprender no nos otorga derecho
a no tomar recaudos al hacerlo… ¡se deberá
procurar no avergonzarlo! Y, más que nada, no reprochar
desde el odio o rencor, sino, tal como nos enseña
el Rambam, “externamente furioso pero internamente
tranquilo” (en caso que sea necesario). Desquitarse
o lanzar bronca interna junto al reto, no tiene efecto valedero.
Es preferible calmarse un rato antes, recapacitar y luego
reprender. No perdamos el control. El reproche debe ser
un aprendizaje para el alumno, no una agresión.
Debemos
enfatizar que no estamos de acuerdo con las actitudes negativas,
no con la persona, con el alumno. Y no son todas sus actitudes,
sino una puntual que se desacomodó de lugar. No debemos
transmitir que por aquello todo su ser es “malo”
o digno de desconfianza.
Lamentablemente
muchos padres amenazan a sus hijos afirmando:”si no
te portas bien te dejamos abandonado aquí mismo”
o similares. ¡Cuánto mal y destrucción
provocan con sus palabras! ¡Daños irreparables!
Luego
del reproche…
Es
importante no quedarse con broncas personales ni nada por
el estilo. Ok, el niño se equivocó, se lo
reprendió de la forma adecuada y punto. No debe quedar
aquel recuerdo “fresco” en la memoria ni recordárselo
constantemente al alumno. ¡Por el contrario! Para
estimularlo se le debe decir: “¿recuerdas cuando
aquella vez escuchaste lo que te dije y te felicité?”.
Es
interesante realizar un chiste, dar la mano, un beso u otro
mensaje de afecto posteriormente a la llamada de atención.
Una demostración no solamente con palabras, sino
con actos, con actitudes. Demostrar que lo llamamos al orden
por su bien. Por una actitud en particular y no por toda
se persona. Luego tratarlos como si nada pasó.
No juzgar por adelantado
La
Torá nos enseña: “… con justicia
juzgarás a tu compañero” (Levítico
19:15). De aquí nuestros sabios aprenden que siempre
debemos juzgar las actitudes de nuestro semejante para bien.
Muchas
veces ocurre que los niños hacen algo y ya corremos
a gritarles o retarlos sin observar profundamente lo que
quisieron hacer. No siempre son actos negativos. Pasa que
el preconcepto nos juega en contra. Por eso debemos ser
pacientes y esperar. Se deberá calmar el “grito
interno”. Si así actuamos, créanme,
nos sorprenderemos…
Otras
actitudes que suman…
Saludar
primero los maestros a los alumnos que estos últimos
a los maestros, acomodarles la ropa cuando notemos un desarreglo,
actuar con humor o contando chistes, escucharlos cuando
nos comentan relatos o miedos, narrarles nosotros mismos
hechos personales y cotidianos, aumenta mucho la confianza
entre las partes. Ya sea para el psicoanálisis, para
el humanismo o para el cognitivismo, la relación
en la terapia lo es TODO. Si el consultante no confía
en su terapeuta, entonces el proceso no tendrá sentido.
La relación es un condimento elemental y fundamental
para el éxito terapéutico.
A veces
realizar chistes en la clase (de manera prudente y no excesiva)
genera un clima cálido y permite que los contenidos
queden más. El Talmud cuenta que existía un
sabio que antes de comenzar a estudiar, narraba una historia
cómica para que a sus alumnos les sea más
fácil el estudio.
Los
chistes quedan porque son divertidos, porque a uno le alegra.
Si las clases se tornan divertidas, lo más probable
es que a los niños le queden los contenidos.
Comentario
final
Sin
dudas que educar no es nada fácil.
Cierto
es que el conductismo ha dado resultados mucho más
simples e instantáneos, pero debemos analizar el
futuro de los niños… no solamente la inmediatez,
sino qué se llevarán consigno cuando terminen
el colegio. La mayoría de los contenidos seguramente
los olvidarán…
Se
educa no solamente para el momento, para “quitarse
el problema de encima”, para cumplir con el “libreto”
y el rol, sino para que durante su travesía en la
futura y rocosa vida, llena de metas y desafíos,
puedan asumir responsabilidades y actuar con cualidades
exuberantes. No lo olvidemos: gran parte de nosotros depende.
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.