Que inundaciones, que terremotos, que tornados, que aludes,
que sequías… ¿qué le está
aconteciendo al mundo?, ¿cómo es posible que
la naturaleza castigue tanto al hombre en los últimos
tiempos? Hace considerables años que no se observaban
catástrofes tan drásticas, consecutivas y
devastadoras para la humanidad…
Seguramente los ecologistas y grupos protectores del medio
ambiente nos explicarán que el hombre está
recibiendo de vuelta todo lo negativo que arrojó
y arroja al planeta, como un efecto “boomerang”:
gases contaminantes, clorofluocarbonos, deforestación,
tala indiscriminada de árboles…
Es cierto, todo individuo es libre y responsable en relación
a sus actos. También Di-s nos prohíbe el exterminio
de árboles frutales al conquistar una tierra (Deuteronomio
20:19), desprendiéndose de aquella restricción
todo lo que refiere a despilfarrar bienes o recursos que
pueden ser de utilidad para la especie humana (ya sean alimentos,
vegetales, rasgar ropas, etc.)
En una oportunidad, una persona comentó que se encontraba
recorriendo las calles de Londres y arrojó un papel
al piso londinense. De repente, se le aparece una señora
diciéndole: “Señor, se le ha caído
este papel”. Asombrado, el hombre le contesta: “Gracias
señora, pero ya no lo necesito…”. A lo
que la mujer le replicó: “Londres tampoco…”
Como judíos creyentes somos concientes que nada es
porque sí, al azar, de casualidad, sin motivo. Sabiendo
que Un Poder Supremo maneja y gobierna el planeta y todo
lo que este contiene, se torna imposible adjudicar todos
los males a explicaciones científicas, lógicas
y racionales. Claro está que podemos hacerlo (de
hecho, eso es lo que los medios nos trasmiten…), pero
de esta manera nos alejamos de nuestro compromiso como habitantes
del mundo y nuestra función como humanos en una Tierra
otorgada para nuestro bienestar y rol de funciones divinas.
Seguramente cuando ocurrió el diluvio en la época
de Noaj, cuando se partió el Mar Rojo, cuando sucedieron
todas las plagas en Egipto, cuando Bilham fue tragado por
la tierra junto a sus seguidores, y muchos sucesos más
que relata la Torá, los científicos, magos
y hechiceros de aquel entonces, habrán presentado
sus teorías racionales acerca de aquellos sucesos.
Pero Hashem nos transmitió claramente a través
de los versículos, que cada acontecimiento tenía
un propósito en pos de enseñar cuál
es el camino correcto a seguir. Tal como un padre amonesta
a sus hijos para encarrilarlos, pero de todas maneras su
amor hacia ellos no cambia en lo más mínimo,
Hashem hizo y hace con nosotros lo mismo.
Es para destacar la extremada paciencia que tuvo Di-s respecto
a la generación del Diluvio. A Noaj le llevó
120 años construir el Arca Sagrada y aquel fue el
largo lapso que el Todopoderoso esperó para que se
arrepientan y vuelvan a las fuentes. Es más, aun
cuando el tiempo se había agotado y la Justicia Divina
tomó posición (luego de 120 años de
advertencia…), nuestros sabios nos enseñan
que comenzó a garuar muy débilmente, con esperanzas
que observen la lluvia y se arrepientan.
Todos los seres humanos poseemos funciones distintas. Los
judíos tenemos 613 preceptos a cumplir y los no-judíos,
los 7 preceptos universales. Nadie en absoluto está
excluido de la misión Divina, es por eso que nadie
queda exento en respetar mandatos Celestiales.
El Maimónides escribe: “Todo gentil que reciba
para sí el cumplimiento de los siete mandamientos
y sea cuidadoso con ellos, es uno de los justos de las naciones
del mundo, y tiene su porción en el Mundo Venidero.
Esto es así siempre y cuando los reciba y los cumpla
pues tal ordenó el Eterno en la Torá y manifestó
a través de Moshé, nuestro maestro, que desde
antiguo los bené Noaj (noájidas) estaban obligados
a ellos. Pero, si los hace a causa de que les parece razonables
(y no las asume como obligaciones de origen divino), entonces
no se le puede considerar como justo de las naciones del
mundo, sino un seguidor de sus sabios” (Mishné
Torá, Hiljot Melajim 8:11).
¿Y
cuáles son aquellos preceptos universales, que competen
tanto a judíos como a no-judíos?
1. No adorar a ídolos o falsas deidades
2. No blasfemar
3. No asesinar
4. No robar
5. No mantener relaciones sexuales ilícitas
6. No comer carne de animal con vida
7. Establecer cortes de justicia
Como podemos observar, estas leyes son mínimas de
convivencia en cualquier sociedad actual. Es decir, medianamente
todas las personas estamos de acuerdo que para poder convivir
en sociedad, sanamente, son necesarios aquellos preceptos
para regular las conductas. Aun así (y tal como mencionamos
en el Maimónides), debemos actuar en función
al mandato Divino y no a nuestra lógica. Caso contrario,
el precepto pierde su valor.
Muchas personas nunca hubiesen creído que las “World
Trade Center” terminarían de manera que terminaron.
Supongo que nadie hubiese pensado hace un par de año
atrás, que el terrorismo tendría en vilo a
todo el mundo entero y que las “grandes potencias
mundiales” no podrían frenarlo. Es que justamente
cuando depositamos nuestra confianza y fe en poderes humanos,
es cuando Di-s nos demuestra que si Él quiere, no
podremos liberarnos de aquellos por más seguridad,
tecnología y “potencia mundial” que seamos.
En un artículo que poseo hace un par de años,
escrito por un rab luego del atentado a las “Torres
Gemelas” se puede leer:
“…
por ser que en los últimos años las catástrofes
perpetradas provenían de kamikazez, siendo posible
que los humanos pensemos que aquellos males provenían
solamente del poder de otras personas, no poniendo consentimiento
que todo proviene del Cielo, es factible que por ello Di-s
mande al mundo los terremotos, pues allí no hay dudas
que es una llamada de atención proveniente del Todopoderoso,
no pudiendo adjudicar aquella a ningún individuo
en particular. De esta manera, podrán retornar a
las fuentes de mejor manera y sin ningún tipo de
dudas” (para más información ver Talmud
Ierushalmi capítulo 9, ley 2, en donde se despeja
la pregunta “¿Por qué vienen terremotos
al mundo?”. También ver Talmud Bablí,
tratado de Berajot 59 a).
Todo lo antes dicho lo podemos encontrar en tan sólo
un versículo de la Torá: “Y dijo (Di-s):
“Si oyeres atentamente la voz de Hashem, tu Di-s,
hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído
a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna
enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré
a ti; porque yo soy Hashem, tu sanador" (Números
15:26).
Las personas nos preocupamos por tener contactos importantes,
médicos reconocidos, empresarios millonarios, pero
quizá olvidamos que siendo el “amigo”
del “Director” de todos aquellos, tenemos todo
lo anterior asegurado. ¿Acaso quién es el
mejor médico sino aquel que creó la enfermedad,
y en efecto, la medicación? ¿Quién
es el rico sino aquel que inventó el dinero y la
otorgó a personas selectas? No me refiero a Bill
Gates, tampoco a Einstein… ¡me refiero a Di-s!
Es cierto, el cambio climático es un hecho. Nuestro
deber y responsabilidad como habitantes deber ser cumplida
y respetada. No sólo por un bien personal, sino comunitario.
Vivimos en sociedad y ello no es algo menor. Sería
demasiado individualista pensar que “si total se inundan
los pueblitos carenciados, ¿a mí que me interesa?”.
Pero no debemos ser conformistas y quedarnos solo con aquello.
Ni un respiro de más está en nuestras manos.
Ni un dólar de menos depende de nosotros. Ni el trabajo
en donde estamos, ni nuestra casa, nuestros bienes, nuestros
hijos… ¡es que no son “nuestros, ese es
el tema!
“Uy,
¡mami! Mira, salió el arco iris. ¡Qué
lindo!. Pero… ¿por qué se hace?”,
le preguntó Ioni a su mamá. “Mira, cuando
sale el Sol y hay humedad, sale el arco iris. Siempre que
observes al Sol y a la lluvia juntas, podrás apreciarlo”,
le contestaba su mamá.
Muchos de nosotros alguna vez habremos preguntado lo mismo
a nuestras madres. Y seguramente habremos recibido la misma
respuesta… es cierto, la explicación racional
es ampliamente valedera pero… ¿quién
hizo que aquella “naturaleza” se efectúe
de tal manera?, ¿quién le dijo al Sol que
salga y a la lluvia que caiga en la superficie conjuntamente?,
¿quién creó las leyes de la física
y la meteorología para explicar los fenómenos
naturales? Quizá hubiese sido mejor responderle a
Ioni: “mira, la verdad es que el arco iris sale porque
Hashem así lo decidió en este momento. Si
nos remontamos un poquito al pasado, Di-s le prometió
a Noaj que no traería más un diluvio de tal
magnitud al mundo, colocando de señal de pacto al
arco iris (Génesis 9:11, 12, 13, 14, 15). De todas
maneras, podrás observarlo cuando llueve y al mismo
tiempo se encuentra el Sol”.
Es importante este punto porque de la manera que formemos
a nuestros hijos, dependerá mucho su futuro. Y esos
pequeños sucesos son los que debemos aprovechar para
inculcar los valores de judaísmo y fe.
¿Y
por qué Di-s no demuestra abiertamente su poderío?,
¿por qué no se nos presenta a toda la humanidad
para que cumplamos sus preceptos?
Sería muy fácil respetar Su palabra si los
milagros serían abiertamente. No podría existir
ni pago ni recompensa por obrar el bien, ya que la persona
que a esas alturas se rebele, sería un trastornado
mental. En otras palabras, con el terreno llano, no habría
prueba, desafío ni posible recompensa. No existiría
el libre albedrío.
También cuando llueve solemos apreciar ese hecho
como algo “natural”… tal vez los campesinos
lo valoren más en años de sequía…
¿y qué hace que nos olvidemos de aquellos
milagros?, ¿por qué nos quejamos cuando llueve
(porque odiamos mojarnos y tener que llevar el paraguas
a todos lados…), y no reconocemos que es una verdadera
bendición de Hashem para la tierra?
Durante la travesía por el desierto los judíos
fueron testigos de grandes milagros. Las nubes de gloria
los protegían de los rayos fuertes del Sol, de las
tormentas y los guiaban por el camino; una fuente de agua
marchaba tras ellos conduciéndose a cada sitio que
se trasladaban; sus ropas no necesitaban ser cambiabas ya
que crecían con ellos y eran lavadas y planchadas
por las nubes de gloria; diariamente caía el Man
(pan celestial) el cual no tenía desperdicio fisiológico,
pues era puramente Divino.
Aun así, encontramos que los judíos se quejaron
del Man, alegando que deseaban comer carne (Números
11:4). La particularidad del Man era que el sabor del mismo
dependía de la intención del degustador. Sólo
faltaba pensar qué gusto deseaba que tenga antes
de ingerirlo, para que este mismo contenga aquel sabor.
De todas maneras, había algunos sabores que no estaban
permitidos por ser que su ingesta era perjudicial para las
mujeres que amamantaban (Números 11:5, Rashí,
en nombre del Sifrí). También se quejaron
que querían esos sabores.
El problema es que nos acostumbramos muy rápido a
las bondades y no olvidamos para nada ligero las dolencias.
Podríamos decir: “veían cómo
caía el pan del Cielo, el gusto que ellos querían
tenía (casi…), tenían a Moshé,
a Aharón, a Miriam, ¡a todos los Ancianos de
Israel! ¿Cómo pudieron caer tan bajo?”.
Quizá de aquí a un par de años, las
lluvias no caigan tan a menudo “por problemas climáticos”
y nuestros nietos preguntarán: “¿cómo
nuestros abuelos no veían la mano de Di-s? ¡Caía
lluvia del cielo y constantemente!”.
Nadie tiene el derecho a juzgar a nadie, pues, el acostumbramiento
es un factor muy difícil de sortear. Y no solamente
en el cumplimiento de preceptos, sino en conservar amistades,
en la pareja, en las conductas. Todo lo que requiera un
“riego constante” es difícil de mantener.
El pobre burro había sido sentenciado por todo el
reino animal. A simple vista no existía un motivo
real para su condena. Pero todos lo habían decidido:
deberían librarse de él.
Conjuntamente lo llevaron a una fosa muy profunda y poco
a poco, cada uno le arrojaba un poco de tierra. Al parecer,
el burro no era tan burro… cada vez que caía
sobre él tierra, se sacudía rápidamente,
y con sus patas pisaba lo arrojado. Así, escasamente
y muy despacio, conseguía subir lentamente a la superficie
parándose sobre la tierra lanzada.
Nosotros también debemos ser “burros”…
de las situaciones apremiantes, de los momentos difíciles,
debemos sacudirnos rápidamente para trepar a la superficie.
Nunca debemos decaer. Lo pasado, bien analizado y sacando
conclusiones, es pisado. Sólo nos queda recordarlo
para no volver a repetirlo.
Resumiendo podríamos decir que cada catástrofe,
desastre o fenómeno… ¡NO es natural!
La naturaleza no existe, sino Di-s que creó las leyes
naturales. Individualmente deberíamos sacar nuestras
propias conclusiones respecto a nuestro sendero transitado.
Si podemos ser mejores personas. Más humanos. Más
solidarios con nuestro semejante. Más arraigados
con nuestra esencia Divina. Nada es en vano. Nada
es porque sí.
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.