Sin
dudas, si existe alguna facultad la cual no cueste “nada”
activarla es la cualidad del habla. “¡Hablas
porque el aire es gratis!”, se oye reprochar en situaciones
cotidianas no pocas.
Ya sea en reuniones con amigos, en congresos de trabajo,
asambleas de consorcio o simplemente descargándose
contra el personal en la fila de un banco, todo momento
parece ser propicio para que la lengua tenga su “guión
teatral”.
A veces, ante la incertidumbre de cómo comenzar la
conversación, de cómo “romper el hielo”,
se atina a blasfemar a otras personas o contar “novedades”
acerca de quién o cuál se peleó con
quién, o bien, quién produjo el papelón
del siglo al vestirse de manera extravagante en la fiesta
del domingo anterior. Quién dice y tal vez, se logre
el título del “novedoso”, que tiene las
noticias como “pan caliente”, que por fin será
escuchado y se lo validará como sujeto, como “persona
importante”.
Finalmente todas son excusas de un único mal: las
malas lenguas.
No solamente existe una prohibición explícita
de la Torá la cual condena a aquella persona que
difama a otra, sino que también existen otros “detalles”
no menores, los cuales nos ligan estrechamente con el honor
y respeto de nuestro semejante.
Sólo por citar alguno de ellos:
Si un amigo se aproximó hacia mí y me contó
que en unos días tendrá una entrevista laboral,
aún sin especificación por parte de él
advirtiendo que no lo puedo contar a “nadie”
y sin que aquel relato tenga algo de “malo”,
está prohibido narrarlo a terceros. Solamente si
él me explicitó en forma precisa que “esto
sí lo puedes contar”, me está permitido
hacerlo. Es decir, si no afirmó claramente que se
puede contar, no puedo divulgarlo.
Nuestros sabios nos enseñan que el hablar defectuosamente
de otra persona no sólo daña espiritualmente
al que lo comenta y al que lo escucha, sino que hasta la
misma víctima es perjudicada.
Es más que comprobable que aunque el agresor desmienta
fehacientemente delante de sus oyentes que su relato pasado
era totalmente mentira y que buscó simplemente difamar
a su contrincante (“motzí shem rah”),
esas personas ya no miran con los mismos ojos a la pasada
víctima. Es sumamente difícil que la reputación
interna que poseían de aquel sujeto antes de la difamación,
retorne al estado pulcro anterior. Siempre algo queda (¿o
acaso es lo mismo una prenda nueva, recién salida
de la tienda, que otra también nueva pero con una
pequeña mancha y blanqueada por la mejor tintorería?).
Me asombro en demasía cuando alguien me comenta:
“te cuento esto pero por favor no lo hagas público.
Me advirtieron que no lo divulgue”. Y la pregunta
inevitable que les formulo es:”si te prohibieron que
lo cuentes, ¿por qué lo cuentas?”.
Quizá piensen que el saberlo solamente una persona
más no hará nada, quedará ahí,
nadie más lo sabrá. Viene el rey Salmón
y nos enseña en el final del capítulo 10 de
Kohelet (10:20): “Ni aun en tu pensamiento digas mal
del rey, ni en lo secreto de tu cámara digas mal
del rico; porque las aves del cielo llevarán la voz,
y las que tienen alas harán saber la palabra”
(para más detalles ver la historia de Herodes en
Talmud Bablí, tratado de “Babá Batrá”
4 A).
¿Piensan que aquella persona obtuvo mi absoluta confianza?
Para nada... ¿Quién me asegura que así
como quiso atreverse a contar lo de otros, no contará
lo mío también? A estas situaciones personales
las traduzco como si me hubieran dicho: “no creas
que puedes confiar en mí, pues me cuesta mucho guardar
un secreto”. Es que al fin y al cabo somos puras relaciones.
Somos como nos relacionamos con los otros y con nosotros
mismos.
Como estas hay cientos de halajot (leyes) que incumben al
cuidado de la palabra. Claro que a través de un artículo
no es posible explicitar los innumerables detalles que allí
se encuentran. Remito a la magnífica obra del Jafetz
Jaim denominada “Shemirat HaLashón” (que
también existen traducciones a muchos idiomas).
Como apreciamos, hablar no es gratis. Tiene un precio y
que a veces puede ser bastante caro. Pero… ¿por
qué existe tanta gravedad en asuntos que respectan
al prójimo?, ¿qué tan rigurosa puede
ser la ley de la Torá?
Para comprender un poco más, debemos aproximarnos
a la composición esencial del individuo.
En hebreo, la traducción literal de “persona”
es “adam”. La raíz de esta palabra se
puede explicar de dos maneras diferentes:
a) Proviene de la palabra “adamá” (tierra).
b) De la palabra “domé”, que significa
“parecido” (a su Creador, Di-s).
De la primera explicación podemos trazar un paralelo
entre la tierra y el hombre, ya que la primera puede ser
un terreno fértil para que se reproduzca cualquier
especie cítrica o vegetal. Todo depende de cómo
fue preparada la tierra.
La persona es igual. El terreno está, es decir, la
persona existe, vive, respira, pero para que las virtudes
y cualidades “crezcan” de manera “fértil”,
deberá conocerse la manera adecuada y apropiada para
“arar”, “sembrar” y luego “cosechar”
los potenciales latentes. Dependiendo de este proceso, dará
frutos (o no) nuestra cosecha.
Un sinfín de posibilidades pueden florecer, pero
todo basado en la semilla que sembramos.
La segunda explicación nos deriva hacia un versículo
inevitable de esquivar cuando abordamos este tema: “Y
creó Di-s al hombre a su imagen, a imagen de Di-s
lo creó; varón y hembra los creó”
(Génesis 1:27).
Cada ser humano posee una Chispa Divina que lo caracteriza.
Somos parte de un todo que es Di-s. Cada uno es único
e irremplazable y por ende, cada misión difiere totalmente
a la de nuestro compañero (tal vez ahora podamos
estar más tranquilos con nosotros mismos y no mirar
tanto a los demás…)
Una persona que ofende a otra, está atentando directamente
contra Di-s (jb”sh). Todos tenemos parte en el Todopoderoso.
Cada cual que desprecie a su prójimo, su actuar es
traducido como una falta sumamente grave, ya que atenta
contra la Chispa Divina que cada uno posee en su interior.
Un componente esencial y sumamente espiritual.
Volviendo a nuestro tema…
Quizá la dificultad provenga en que el habla no es
algo que cueste accionarla (aun teniendo “barreras
antifiltros” como los dientes y los labios…)
Tampoco se palpa y a simple vista no hay que pagar mucho
por ella. No existe una concientización social que
objete que su mala manipulación se considera “algo”
o que sea “perjudicial para la salud” -¿y
para el alma?- (¿o acaso se ve con los mismos ojos
a un individuo que ingirió alimentos no Kasher con
otro que blasfemó a su prójimo?).
Pero no todo lo que no se palpa no existe. En el mundo no
vive sólo lo palpable. Hashem no es visible (“físicamente”),
pero de todas maneras sabemos que está junto a nosotros
en cada paso que efectuamos.
A muchas personas que se preguntan “¿en dónde
está Di-s? ¡No se ve!”, podemos interrogarlos
a modo comparativo y salvando obviamente las grandes distancias:
“¿en dónde están las ondas sonoras
de la radio o la T.V.? Y si es que no existen, ¿cómo
es que escuchas tu programa favorito todos los jueves por
la noche? No las ves, pero existen, se encuentran en el
ambiente… sólo aquel que tiene predisposición
a captarlo puede saber que existe.
El tan afamado rabino Amnon Itzjak responde en sus conferencias
a esta pregunta de manera similar: ustedes quieren saber
en dónde está Hashem y que se los demuestre,
ya que alegan creer solamente en lo visible a los ojos.
Con ese concepto ustedes no tienen inteligencia, pues tampoco
la pueden ni ver ni palpar. ¡Demuéstramela!
Resulta paradójico observar cómo existen tantas
personas que cuidan los preceptos del Kashrut de manera
excepcional. Cada alimento que entre a sus bocas deberá
ser supervisado por el máximo de los rabinos del
continente. ¿Pero qué sucede con lo que sale
de la boca? ¿También lleva la misma “supervisión”?
Tal vez nos falta un poco más de empatía.
Un poco más de ponernos en el lugar del otro para
ver qué se siente cuando terceros cuentan nuestra
vida íntima, nuestra privacidad. Sin dudas, hoy día
no existe un límite claro entre lo privado y lo público.
Nada puede dejarse de saber. Ya todos sabemos todo y antes
que todo suceda. Pareciera que existiera una obligación
de saberlo todo (¿influencias de los medios de comunicación?).
Darse el lujo de “bajar” a otros individuos
comentando sus falencias, puede que apacigüe el hecho
del tan difícil anhelo de llegar a una categoría
privilegiada, sublime. Como diciendo: “¿no
observas que nadie es perfecto? Aquel que pensabas que era
tan bueno y recto, ¡mira lo que me acabo de enterar!
No soy yo solo en este inmenso océano. Todo no es
como parece…”, desanimándose y desanimando
con picos y palas una meta privilegiada (aunque costosa).
Y con sermones e invitaciones reflexivas filosóficas
se descentra lo esencial: uno mismo. Si existe algo allí
afuera que me produce molestias, ¿no será
que tengo que investigar detalladamente qué anda
pasando aquí dentro? ¿”Y por casa cómo
andamos”?, dirían muchos (¿mecanismo
de defensa propuesto por Freud llamado “Proyección”?
http://es.wikipedia.org/wiki/Proyecci%C3%B3n_(psicolog%C3%ADa)
Que dicho sea de paso, miles de años antes los Emoraitas
nos lo enseñaron en el Talmud en el tratado de “Kidushin”
70 b diciendo que: “Kol haPosel – beMumó
posel”, es decir, todo el que descalifica, lo hace
desde su propio defecto.)
Había una rab que cuando comenzaba el recitado de
la Amidá (fragmento del rezo) lloraba. “En
el principio de la Amidá suplicamos: “Di-s,
Abre mis labios y mi boca pronunciará Tus alabanzas”,
¿y a quién le pedimos permiso para abrir nuestros
labios pronunciando injurias hacia nuestro compañero?
Por eso es que lloro”, argumentaba el erudito.
La importancia de lo que hablamos es tan fundamental que
los sabios se vieron obligados a incluir un rezo especial
(“Elokai, netzor leshoní merah…”)
antes de culminar la “Amidá” (fragmento
más sublime del rezo). En él rogamos a Di-s
que nos cuide de hablar cualquier tipo de mal, ya sea engaños,
blasfemias, etc. Para que tengamos noción de la trascendencia
de esta plegaria (“Amidá”), cuando los
eruditos en el Talmud quieren referirse al rezo en sí,
no lo llaman “rezo”, sino “Amidá”.
Cuando el brujo Bilham se encontraba montado en su burra
marchando en camino para maldecir al Pueblo de Israel (pese
a las advertencias de Hashem de que no lo hiciera), Di-s
le envió un ángel que bloqueó el paso
del animal. Sin poder contener su frustración e ira
y sin entender el proceder de su fiera, Bilham le pegaba
a la burra cada vez que se paraba.
Milagrosamente, la burra comenzó a hablarle, preguntándole
por qué le estaba pegando. En este momento Di-s dejó
que Bilham se diera cuenta que había un ángel
que le impedía el paso.
Finalmente Hashem decidió dejar sin vida a la burra,
con la que había ocurrido tan significante milagro.
El famoso exégeta Rashí nos enseña
que el motivo de tal fin fue para que no llegara la oportunidad
en la que el animal circule por el mercado (“shuk”)
y los pasantes aclamen: “¡miren, allí
va la burra que reprochó al brujo Bilham!”
(Bamidbar 22:33), y éste último resulte avergonzado.
Una actitud Divina que da mucho para pensar. Analicemos…
Si el animal hubiese quedado en vida, sería una magnífica
prueba de “Kidush Hashem” (santificación
del nombre de Di-s). Los transeúntes al verla pasar,
exclamarían: “¡qué enormes son
tus obras, Di-s!”, alabando la cualidad del habla
que otorgó Hashem a un animal. ¡Hecho único
en la historia! ¡Tal vez habría más
retornantes al judaísmo luego de observar una pieza
tan valiosa para el monoteísmo! Pero no…
Di-s prefirió arriesgar Su Propio Honor, en aras
de que la honra de otra persona, aún tratándose
de un malvado, no sea deteriorada.
Más nos asombraremos al investigar el grado de perversidad
de Bilham. Hasta tal punto que el Talmud en el tratado de
Sanedrín (90A) nos enseña que él es
una de las cuatro personas “simples” (“ediotot”)
en toda la historia que no tienen Mundo Venidero.
Aprendemos de aquí cuán grande es la honra
de cualquier ser humano. Aun tratándose de un malvado
entre los malvados, no por ello pierde la calidad de persona
que merece como sujeto (Rab Jaim Smulevich ZZ”L, en
el libro “Sijot Musar”, capítulo 79).
¡Cuánto más y más debemos preocuparnos
por la dignidad de nuestro semejante! Seguramente las personas
con las cuales nos relacionamos cotidianamente no llegan
a los abismos lastimosos a los que sí llegó
este personaje. ¿Y por qué no cuidar su nobleza
también? ¿Por qué entonces no “sacrificar”
(tal como Hashem lo hizo con la burra) muchas “broncas”,
“celos” o la categoría de “saberlas
todas”, que podrían resultar ampliamente dañinas
para nuestro compañero?
Tal como nos enseña el rey Salomón en Proverbios
(18:21): “La muerte y la vida están en poder
de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.”
Siempre existen las dos caras de la moneda. Las dos maneras
de ver las cosas. Las dos formas de comportarse. Y si el
tema del habla es el propuesto, bien sabemos las interminables
Mitzvot (preceptos) que con ella podemos realizar: bendiciones
de tipo diverso, saludar al prójimo, estudio de Torá,
rezar, respetar a los padres, dar ánimo al pobre,
reprochar (de manera delicada) al compañero…
y la lista puede continuar…
Y claro, contrariamente y con la misma facultad, el habla
también puede destruir hogares, parejas, amistades
y hasta distanciar familias enteras por muchos años
(si no es por la eternidad…)
Toda persona que desee modificar algo en su conducta y no
sabe con qué comenzar, nada mejor que entrenarse
en este asunto. Sabiendo que la persona habla aproximadamente
doscientas palabras por minuto (así lo calculó
el Jafetz Jaim ZZ”L), no es nada estimulante calcular
el número de prohibiciones por las cuales uno pasaría
tan sólo con cinco minutos de café, un puñado
de amigos y unas pocas masas.
Recordemos los que una vez mencionamos en nombre del Rab
Shlomo Wolbe Z”L: de las pequeñas cosas podemos
tener beneficios múltiples y asombrosos.
Un medicamento puede tener un tamaño muy pequeño,
pero puede bastar para curar enfermedades terminales. Así
también, una simple pastilla venenosa de no más
de 5 gramos puede terminar con una vida (“Alé
Shur”, tomo 2).
Simples, pequeños y diminutos accionares pueden terminar
con muchos males. Sean sociales, psicológicos o comunitarios.
Tan sólo valorando a quién se encuentre a
nuestro lado, podremos respetarlo en tiempo y forma. Aprendamos
a observar nuestro entorno. A otorgarle valor a lo que realmente
vale. Y, por sobre todo, aprendamos a no dejar cabida para
que entren las moscas…
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.